CARLOS GALLO
Con respecto a las damas, empiezo con una crítica: Maria Sharapova me causa placer estético al verla -es muy bonita- y desagrado acústico al oírla: sus gritos son casi insoportables.
Yendo a la final, una contundente Sharapova, apoyada en un estado físico impecable (está mucho más rápida) y un gran servicio (72% de primeros saques) demolió a una errática belga Justin Henin.
En todo el torneo la rusa se mostró muy sólida y en la final cumplió su estrategia a la perfección.
Mantuvo a su rival detrás de la línea de fondo, la movió de un lado a otro, generando muchos errores en la jugadora belga, y se coronó merecidamente.
Para lograrlo, consiguió algo que no se veía desde la temporada de 1975: les ganó en su camino al título a las Nº 1 y 2 del mundo (Mauresmo y Henin).
En la rama masculina, es la primera vez en la era abierta que alguien llega a seis finales consecutivas de Grand Slam. Nos referimos a Roger Federer, que ha hecho que Suiza no sea más sinónimo de relojes o bancos, sino de tenis.
Roddick llegaba distendido, sólido, sin nada que perder, 1-10 en los partidos previos. Si ganaba era el héroe de la película y si no, se daba la lógica. Nada de esto importó al gran Roger.
Federer empezó trayendo a Roddick a la red y pasándolo fácil. Así se fue el primer set.
En el segundo se dio lo inverso, Roddick ganó muchos puntos en la red y se quedó con la manga.
En el tercero se perdonaron mutuamente hasta que Federer quebró en el duodécimo game y se quedó con el set.
El cuarto fue mero trámite, con Federer jugando su mejor tenis para lograr su noveno Grand Slam y su tercer US Open en línea.
Parece mentira. Cuando se retiró Sampras todos pensábamos que su marca iba a permanecer durante largos años. Hasta que surgió el temible Roger Federer, y los Grand Slam empezaron a caer uno tras otro.
La única pregunta que queda es cuánto va a demorar en romper el récord de Sampras de 14 Grand Slam y ser considerado el más grande de la historia. Para mí ya lo es.