DANIEL HERRERA LUSSICH | CORRESPONSAL PERMANENTE | EL PAIS EN WASHINGTON
Una duda atenaza a los estadounidenses a medida que se aproxima el quinto aniversario del 11 de septiembre de 2001: ¿siguen siendo vulnerables como cuando los ataques terroristas que arrasaron las torres gemelas y destruyeron gran parte del Pentágono? Y la mirada instintivamente se dirige a la gigantesca Oficina Nacional que aglutina a los servicios de inteligencia y reúne a 140 mil funcionarios distribuidos en el mundo.
El 72% de los neoyorquinos, los más afectados por la acción terrorista, y el 58% de la gente a nivel de todo el país (según flamante encuesta del New York Times y CBS News), estiman que la Casa Blanca está comprometida a protegerlos de futuros ataques; en la actualidad no se sienten seguros y un enorme porcentaje no aceptaría trabajar en un piso alto en el mismo lugar donde se levantaban las torres gemelas.
Un 40% de las personas que viven en Nueva York todavía se sienten nerviosas y se identifican con el sentimiento de Elizabeth Vinas, 43 años, recepcionista de Brooklyn, que manifestó ante las cámaras de la CNN hace pocas horas: "no sé cuándo habrá un nuevo ataque, pienso que lo intentarán otra vez".
El comentario generalizado de incertidumbre e inquietud surge espontáneo: "tienen un presupuesto de 29 mil millones anuales para la guerra y no han podido apresar a Osama Bin Laden". Sin embargo John Negroponte, antiguo embajador en ONU, Irak y ahora "cerebro" de todos los servicios de Inteligencia y seguridad, la CIA, el FBI, Departamento de Estado, Tesoro y Guardacostas, entre otros, sale al cruce de las dudas; "hemos eliminado a la mayoría de los dirigentes que encabezaban Al Qaeda, los líderes, con la excepción de Bin Laden, han muerto o están arrestados, y la lucha contra el terrorismo desarrollada desde Estados Unidos en 2005 y 2006 sigue cercando las operaciones extremistas en sus países de origen". Pero simultáneamente, cuando desde las jerarquías de la Casa Blanca repiten noticias que califican de exitosas, desde la prensa, en especial el New York Times y el Washington Post, relatan fracasos dramáticos de los servicios de Inteligencia y muchas veces hasta episodios que despiertan hilaridad.
Mohammed Atta, uno de los terroristas que dirigió el operativo del 11 de setiembre y piloteaba el aparato que embistió una de las torres gemelas, ingresaba y salía de España, Alemania, Estados Unidos, Afganistán y Pakistán sin problemas, entrando una vez a Miami con la visa de estudiante vencida, y salvó el problema con el solo argumento de que era un visitante normal para asistir a cursos de vuelo. Se sabe que el FBI en 2000 lo detectó en Hamburgo y Francfort, comprando cantidades de sustancias químicas con uso potencial para fabricar explosivos. Y la policía alemana interceptó llamadas entre fundamentalistas islámicos en las cuales mencionaban la actividad de Atta. Estuvo en Pakistán, donde cobró un depósito bancario de U$S 100 mil girado por el general Amhed, dirigente de agencias de espionaje paquistaníes y auspiciante del régimen Talibán en Afganistán.
Los servicios estadounidenses confesaron que antes de 2001 contaban con datos dispersos pero que permitían vislumbrar pistas firmes sobre las extrañas actividades de Atta, pero que por escasez de personal en la CIA (había sólo dos funcionarios que tenían conocimiento del idioma árabe) y la falta de comunicación por fuertes rivalidades entre las agencias de inteligencia, fue imposible entonces hilvanar todo y detectar los planes terroristas.
Hace unos días el New York Times denunció que los Servicios en la búsqueda de informes de Hassan Nasrallah, el líder de Hezbollah, analizaban la situación de 24 personas del mismo apellido que vivían en el sur del Líbano, y resultó que todo no pasaba de una copia textual de la guía telefónica.
Y una reciente investigación del Congreso determinó en forma concluyente que los servicios de Inteligencia actuales tienen enormes fallas y lo ejemplifica con la falta de pruebas claras, aun después de las recientes polémicas entre las grandes potencias y en la ONU, sobre los planes nucleares de Irán. Tampoco, destaca el informe parlamentario, pudo detectar cómo los iraníes filtran dinero a Hezbollah, hoy distribuido como ayuda humanitaria a los libaneses del sur en valijas de US$ 10 mil hasta 5 millones diarios.
En un análisis que efectuó hace pocas horas Negroponte ante la prensa en Washington sobre la lucha contra el terrorismo, señaló que los servicios de inteligencia han logrado "arrinconar" a Al Qaeda y a otros grupos extremistas en Pakistán, Irak y Afganistán, acosándolos e impidiéndoles la ejecución de atentados en el exterior, los ocurridos en España e Inglaterra o incluso los que se han desbaratado en Europa o Estados Unidos, fueron provocados o estaban proyectados por naturales de esos países, aunque descendientes de musulmanes.
Y según el embajador de Estados Unidos en Francia, Craig Stapleton, el símbolo del terrorismo, Osama Bin Laden, está vivo pero muy debilitado y carece de poder de operatividad. En cambio dentro de los propios servicios americanos se asegura que "está en jaque en la frontera ente Pakistán y Afganistán, con poca movilidad, pero pronto y con recursos para ejecutar otro grave atentado".
Negroponte ve un panorama aún largo y difícil, aunque confiesa, ante interrogantes periodísticas sobre si se ha tenido éxito en la infiltración de la seguridad americana en redes terroristas: "son cinco años y obviamente con toda la inversión que hemos hecho, es lógico que hoy nos encontremos en una mejor posición desde ese punto de vista, esperamos estar más cerca del mismo Bin Laden".