Marcello Figueredo
Fui alumno de Carlos Demasi, en el Juan XXIII, en los tempranos años 80. Todavía guardo, sin embargo, un simpático recuerdo de la pasión con que el flaco, como le decíamos, se entregaba cada día a sus lecciones sobre los griegos, consiguiendo mantenernos en vilo así fueran las ocho de la mañana; y de la gracia con que envolvía los escritos reprobados para agitarlos, cual cucuruchos de papel, sobre la cabezota de los estudiantes que no daban pie con bola en Historia Universal. Fue uno de mis mejores profesores, y apuesto que muchos de mis compañeros de entonces hoy dirían lo mismo.
Menos simpáticas y graciosas me resultan, empero, sus opiniones actuales sobre el pasado reciente del país, vertidas en un seminario para docentes, reproducidas en Búsqueda y ampliadas en El Espectador. No creo que exista la menor dificultad para establecer que la guerrilla tuvo lugar antes que la represión, no creo que el verdadero Golpe de Estado se haya producido recién en 1976, no creo que la jugada de Wilson Ferreira en 1984 haya resultado catastrófica para su colectividad, ni que la actividad de los tupamaros entre 1963 y 1968 no haya sido un problema político para el país.
Creo eso sí, que Demasi tiene derecho a opinar como opina y a pensar como piensa. Y me temo que tildar de sesgada su visión de la historia es una acusación que puede volverse contra sus promotores a la velocidad de un boomerang. ¿Quién tiene, a esta altura del partido, una visión imparcial de lo ocurrido en el Uruguay de la segunda mitad del siglo XX? Para comprobar que el único consenso posible en la materia es la discrepancia, basta echar un vistazo a las decenas de opiniones que se han publicado comentando o refutando los polémicos dichos del profesor: no hay dos iguales. Unos sitúan el inicio de la escalada violentista en el asalto tupamaro al Tiro Suizo, registrado en 1963; otros marcan su kilómetro cero en el atentado derechista contra Arbelio Ramírez, que tuvo lugar en 1961; hay quien prefiere cargar las tintas en la influencia de la Revolución Cubana, que triunfó en 1959, pero también están los que eligen remontarse al fin de la Segunda Guerra Mundial, que acabó en 1945. En la nueva discusión nacional sobre el huevo y la gallina, con un poco de esfuerzo pronto llegaremos a los griegos de los que se ocupaba Demasi en aquellas apasionantes clases.
De todos modos, la defensa de la libertad de opinión y la resignación ante la imposibilidad de ponernos de acuerdo sobre el pasado reciente del país (tiene razón Mujica: esa no es tarea para los contemporáneos de aquellos acontecimientos), no debería estar reñida con una razonable alarma ante los eventuales intentos de manipular políticamente una materia tan delicada. Más allá de lo que opine Demasi (es de esperar que fuera de las aulas), en este país hay jóvenes que creen que los tupamaros aparecieron en escena para combatir la dictadura militar, y no deben faltar adultos dispuestos a abonar ese disparate.
Pero aún ante la desagradable hipótesis de una nueva historia oficial flechada a favor de los intereses del gobierno de turno (veremos qué programas aprueba el Codicen, veremos con qué se despacha Canal 5), conviene no perder las esperanzas en los mecanismos de defensa de una sociedad. La historia no sólo se aprende en clase, como bien sabemos quienes padecimos profesores de Educación Moral y Cívica que nos hacían recitar los Actos Institucionales y nos mandaban convencer a nuestros mayores de que había que votar el Sí. Las mentiras tienen patas cortas. Y la historia, afortunadamente, se sigue escribiendo día a día.