Las ausencias del presidente

Antonio Mercader

Es bueno tener un presidente con amigos presidentes. Sanguinetti se amigó con Alfonsín y Sarney en su primer mandato, y con Cardoso en el segundo, mientras Lacalle hizo lo propio con Menem. Batlle eligió uno más lejano pero no menos relevante: Bush. Y Vázquez ¿de quién es amigo? La pregunta vale en tiempos en que la diplomacia presidencial pesa tanto o más que la de las cancillerías. La afinidad de Batlle con Bush le sirvió al Uruguay en horas críticas al igual que la línea abierta de sus antecesores con Buenos Aires y Brasilia. Nuestra actual relación con Argentina justifica más contactos de Vázquez con sus colegas en pos de eventuales aliados y/o mediadores. ¿Los tiene, los busca?

Es dudoso. La ausencia de Vázquez en las asunciones de Morales (Bolivia), García (Perú) y Uribe (Colombia) no han pasado desapercibidas. Ni la presencia de Nin Novoa en nombre del país ni otros argumentos excusan las inasistencias. Ni siquiera puede hablarse de una política rigurosa de Vázquez puesto que sí asistió a alguna asunción, la de Bachelet (Chile) por ejemplo. Vista del exterior esa discriminación puede herir sensibilidades que suelen ser muy finas en quien inicia un mandato. En el caso de García, gobernante de un país cuyos presidentes suelen acudir a las asunciones en Uruguay como lo hizo Toledo en marzo de 2005, faltó la reciprocidad de Vázquez.

En el terreno internacional un presidente debe sopesar presencias y en especial ausencias pues a todas ellas se les da un significado. En octubre de 2005, cuando Vázquez faltó a la reunión de la Unión Sudamericana citada por Lula en Brasil, hubo especulaciones de todo tipo: que si no creía en ese plan, que si marcaba preferencias por el Alca, que si eludía retratarse con un Lula acosado entonces por denuncias de corrupción, etcétera. Es probable que ninguna de estas interpretaciones fuera correcta, pero su sola existencia muestra cuánto cuidado merece la diplomacia presidencial.

País tapón, "un algodón entre dos cristales", rodeado por los dos gigantes sudamericanos, Uruguay debe conservar un equilibrio entre ambos y, a la vez, para no asfixiarse entre ellos, tiene que abrirse a otros países. Para ello más vale cultivar una agenda de buenos amigos lo cual, como es sabido, requiere un trajinar constante, agotador, del que no se libra ni el presidente de la República. Si para eso ayuda el avión propio, bienvenida sea su compra.

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