Admirable Rocío

Antonio Larreta

Rocío Villamil es una estimable y tesonera mujer de teatro que en los años en que estuvo en pareja con Carlos Rodríguez, el actor, mantuvo activo un grupo en un caserón de la Ciudad Vieja, y hace pocos años montó una sorprendente Divina Comedia en la propia Catedral de Montevideo. Como tantos otros valiosos compañeros de teatro no cruzó hasta ahora la valla de nuestra modesta fama (¿ha observado usted que en la llamada vecina orilla todos son "famosos", por lo menos para nuestros periodistas y sobre todo si pasan por el quirófano?), pero sin que a ella misma le importe ese efecto de su otra y realmente admirable actividad ha pasado del anonimato a la frecuencia mediática. Encabeza -y da voz y elocuencia- a las llamadas Madres de La Plaza.

Hasta que ellas aparecieron, la parquedad de la policía y los políticos ante la avalancha de la mortal pasta base podía atribuirse a una táctica astuta o a una exageradísima cautela científica. Apenas quince días después de la primera y muy modesta manifestación de las "madres" la policía incautó un verdadero cargamento de pasta base, con una resonancia periodística inusual. Hasta entonces fueron dos años de epidemia y esa misma policía informaba hasta el hartazgo los éxitos en la persecución de la marihuana, que todos sabemos que es una droga blanda, de venta libre no solo en la siempre avanzada Holanda, sino en varios de los Estados Unidos. Detrás de esa inercia, permitida por todos (y me incluyo) la pasta base se encaramó al índice de mayor consumo, naturalmente no en Carrasco ni en José Ignacio. Una vez más, bravo Rocío.

La última vez que te vi fue en Las Bóvedas, y estabas sola, limpiándola a uña, porque te la habían cedido para montar tus espectáculos. Creo recordar que estaban preparando algo poético. Todavía no había aparecido en tu vida ese flagelo que te ha hecho asumir un papel inesperado. Me quedó grabado aquel encuentro en el ambiente entre arqueológico y carcelario. Al fin y al cabo aquellas casernas, que terminaron usándose como prisiones, rezumaban algo naturalmente dramático. Al volver a casa, recurrí a mi viejo Isidoro de María, que probablemente no había tocado en cuarenta años, cuando tanto me había servido para darle color local a Un enredo y un marqués.

Te transcribo un párrafo: "Húmedas y lóbregas como eran sirvieron de depósitos de víveres y municiones. De refugio a las familias y enfermos cuando las bombas y de cuartel a algunas tropas. La víspera de la infausta salida del año 7, a batirse con los ingleses, en cuya jornada pereció Maciel, el que llamaban El Padre de los Pobres, con otros buenos vecinos". Me pregunto si sigues en Las Bóvedas, si no es allí que convocaste a las otras madres, para enfrentar un enemigo bien distinto de los ingleses de hace doscientos años.

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