TLC y de cómo ser presidente

La cuestión de si el Uruguay celebra o no un tratado de libre comercio con los Estados Unidos, -TLC, en este mundo de siglas-, cualquiera sea su alcance y el modelo a utilizar a ese efecto (el de Uruguay-Méjico, el de USA-Perú u otro), tiene una trascendencia que excede, con mucho, de su propio y eventual contenido, así como de su incidencia económica, con ser ésta muy grande.

El canciller Reinaldo Gargano, quien al borde del delirio se autoadjudica un 99,99% de acierto en su gestión, desaprobada por el 99,99% de la población, ha dicho que el asunto será decidido en el Consejo de Ministros.

Podrá ser así, de hecho y aun jurídicamente. Es decir, podrá reunirse el Consejo y dirimir la cuestión mediante el voto mayoritario de determinados ministros, en uno u otro sentido, en cuyo caso podría el Dr. Vázquez, a pesar de su voto doble para el caso de votación empatada, salir derrotado de esa hipotética sesión del Consejo de Ministros.

Pero convengamos en que si tal cosa ocurriera sería la más cabal e inequívoca demostración de que el Presidente de la República, jefe del gobierno de acuerdo a práctica más que centenaria en nuestro país, no sabe, no quiere o no puede mandar a sus ministros, a pesar de que no solo los nombra sino que los puede cesar a su antojo y cuando le venga en gana (art. 174 de la Constitución).

Dicho de otra manera: cuando un ministro discrepa con el presidente respecto de cualquier asun-to importante, o bien aquél dimite o bien éste lo cesa.

Si no es así, si un secretario de Estado o un conjunto de ellos manda más que el Presidente de la República, éste sólo lo es nominalmente, desde que no sabe decidir e imponer sus opiniones a sus ministros. Entonces, esta es una de las cuestiones fundamentales que está en juego en la decisión a adoptarse sobre el TLC.

El Dr. Vázquez, tras entrevistarse con Bush en la Casa Blanca, dijo que estaba a favor de un amplio acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos, más allá de su forma y alcance concreto. Astori ha ratificado que esa es su posición.

Debe pues, sin más dilaciones, comunicar a sus ministros que habrá TLC con los Estados Unidos. Y al que no le plazca, que siga el camino del ex diputado Chifflet. Si no lo hace, todavía no aprendió a ser y obrar como presidente.

Pero, además, la suscripción o no de dicho tratado, entronca con otro asunto de enorme trascendencia, cual es el de nuestro actual conflicto con la República Argentina. Mejor dicho, con su prepotente gobierno.

Brasil, como se sabe, se ha declarado ajeno a dicha confrontación, aceptando la tesis argentina de que es un problema bilateral. Se nos podrá decir que los Estados Unidos poco o nada tienen que ver con el mismo, lo que en principio es exacto.

En consecuencia, que haya TLC o que no lo haya parecería carecer de incidencia sobre nuestros problemas con el "señor K" y sus descomedidos acólitos, que no se circunscriben al diferendo por las plantas de celulosa.

Sin embargo, una cosa es que celebremos dicho tratado y muy otra que nos neguemos a hacerlo.

Sobre todo, porque tal rechazo del TLC no se instrumentaría mediante un lacónico "no" sino que vendría aderezado con las habituales diatribas contra los Estados Unidos, provenientes del propio seno del gobierno uruguayo.

Y no es preciso ser muy sagaz para advertir qué tipo de consecuencias podría tener para nuestro país una torpeza de esa magnitud, en el caso -para nada improbable- de un recrudecimiento de nuestro conflicto con Argentina. ¿Lo diremos más claro? No es necesario ni elegante.

Todo ello, sin hacer caudal de las evidentes ventajas que para la economía del país tendría tal tratado.

Entre otras, la de favorecer la radicación de capitales extranjeros, cuyas inversiones podrían sumar el objetivo de acceder, libremente, con sus productos, al mercado estadounidense.

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