Ex Presidente de la República
En las elecciones de 2004 el Frente Amplio obtuvo una rotunda victoria, que determinó que dicha fuerza política obtuviera no solo la Presidencia de la República en primera vuelta electoral, sino, además, la mayoría absoluta en las Cámaras. Es decir que el electorado otorgó todo el poder al gobierno actual de nuestro país.
Dicho resultado fue el fruto de muchos años de trabajo proselitista llevado a cabo no solo en el ámbito propiamente cívico, sino también en los gremios, sindicatos, asociaciones y similares entidades. Junto con las propuestas, los frentistas llevaron a cabo una campaña de cerrada oposición a los gobiernos anteriores al presente. Ninguna idea propuesta de los mismos fue aceptada o siquiera considerada en sus eventuales virtudes. Una negativa automática y sin fisuras fue la actitud. A ello debe sumarse un uso y abuso de cuanto mecanismo constitucional de recursos ante las leyes se pueda imaginar. Fue un planteo maniqueo en el que no se admitían matices ni se aceptaban virtudes en lo que otras fuerzas políticas planteaban.
Se trató de una campaña paciente, larga y sin pausas. En la medida en que la misma iba mostrando frutos electorales crecientes, adquirió los visos de una herramienta muy eficaz, con un método infalible. En 1999 se acercó hasta el alcance de las manos la victoria, la cual solo demoró cinco años más en lograrse.
Este entramado, este plan, se completaba con un aspecto que es el que hoy queremos analizar en detalle. Todo el impulso político y electoral era dirigido a una meta que se señalaba como fácil, apenas las izquierdas llegaran al poder. Logrado el poder, asumido el gobierno, devendría en Uruguay un tiempo nuevo en el cual todos los problemas serían solucionados. Un día sí y otro también, se sembró en el imaginario colectivo esa idea de la relación directa y automática entre el triunfo frentista y una sociedad sin problemas. La propaganda política es proclive, naturalmente, a la descripción del futuro en términos optimistas y esta agrupación que pedía el voto logró el poder. Pero en este caso, por la persistencia y mediante la demolición de otros intentos gubernativos, ajenos a las ideas y capacidades del Frente, gran parte de los ciudadanos llegaron a creer que era posible. En síntesis, se salió del campo de lo posible para ingresar en el mito, en la magia gubernativa.
Reconozcamos que entre nosotros la idea del facilismo gubernativo es de uso bastante corriente. La coalición que hoy nos gobierna trabajó sobre tierra fértil, abonada por décadas de estatismo. Así fue que se repitió que en algún ignoto lugar -que nadie puede determinar- los gobiernos anteriores guardaban grandes recursos que no ponían en manos de los uruguayos por maldad o falta de voluntad. Se dijo que la nación poseía una gran riqueza que solo era preciso repartir mejor para que se lograra una sociedad igualitaria y justa. Se proclamó que lo que se pagaba a los acreedores debía de destinarse a las escuelas, liceos y hospitales. Se aseguró que lo que faltaba era voluntad, nada más.
Esta propuesta fue creída y apoyada. Fue la culminación de la acción proselitista, la promesa de un tiempo mejor que se haría efectivo, el 2 de marzo siguiente a la jura presidencial de un presidente frentista.
No incurriremos en el absurdo y aun en la injusticia de pedirle resultados trascendentes al actual gobierno cuando no ha transcurrido aún el tercio de su tiempo en el poder, aunque por la falta de iniciativas trascendentes, poco pensamos que se logrará. Sí nos consideramos habilitados para poner de manifiesto que todo ese panorama de automatismo positivo, todas las promesas del cambio mágico apenas se lograra el poder, no eran ciertas. La magia murió.
Cuatro gobiernos democráticos anteriores tuvieron que lidiar con una realidad adversa, iniciar sus gestiones con ajustes fiscales y sin mayorías parlamentarias; sabían que no era posible el cambio milagroso, pero lidiaron con la realidad y en algo y aun en mucho, la transformaron. Desde la oposición siempre pareció poco y hasta se ha llegado a decir en esta administración que nada se había hecho nunca, en materia social, en nuestro país.
Lamentamos la inoperancia, la falta de rumbo y de conducción que padece el actual gobierno, que ha dilapidado su tiempo mejor y que no sabe o no quiere usar el tremendo poder que se le ha prestado por cinco años.
Sin embargo, consideramos positivo que se haya aclarado lo de la magia gubernativa, que sepamos ya todos, sin excepción, que no es fácil siquiera... De ahora en adelante todos estamos en el mismo plano, nadie podrá vender espejitos de colores ni promesas falsas. Un sano pragmatismo será la base para optar, cuando llegue la hora. No valdrán brujerías, solo la capacidad, el realismo, la experiencia y la serena convicción de que el ejercicio del poder es algo que no pertenece al campo del realismo mágico de la literatura caribeña, sino que se nutre de esfuerzo cotidiano y de combate contra prejuicios conservadores e ideologías totalitarias y absolutistas.
Salgan los magos de escena y dejen el lugar a los gobernantes.