El sesquicentenario

JORGE ABBONDANZA

En este mes se cumplen 150 años de la inauguración del Solís, un teatro que ha sido desde 1856 el corazón artístico de esta ciudad. Cumplir una edad tan avanzada es bastante extraordinario en Montevideo, capital relativamente nueva en el mapa del imperio español, que fue fundada en 1726, se mantuvo más de un siglo atrapada entre sus murallas y careció de unas cuantas cosas. Pero tuvo su gran teatro como reflejo de las aspiraciones culturales de una clase dirigente que en aquella flamante platea de 1856 supo sentarse a escuchar Hernani de Verdi como compás inaugural en un recinto que luego tendría (y más tarde perdería) sus caudalosas temporadas de ópera.

La apertura del Solís se demoró por culpa de la Guerra Grande, pero los tenaces vecinos que financiaban la obra tuvieron paciencia como para culminarla cuando el conflicto por fin se apaciguó. Hoy es posible apreciar la venerable edad del teatro recordando que el Colón de Buenos Aires, sin ir más lejos, cerrará próximamente para que comiencen las obras de remozamiento destinadas al festejo de 2008, una fecha en que cumplirá apenas cien años. También el Solís ha tenido sus reciclajes, el mayor de los cuales comenzó en 1998 y concluyó en 2004, cambiando algunas cosas y mejorando otras, pero en especial ampliando la caja escénica de manera espectacular, detalle nada visible desde la sala y sin embargo notable desde la calle Reconquista, con una protuberancia de la que algunos se quejan pero que era una necesidad imperiosa para el añejo edificio.

Quien escribe tuvo su primer contacto con el Solís cuando lo llevaron de muy chico a visitar la exposición en homenaje a Blanes, que en 1941 invadió todos los ámbitos del teatro con pinturas y dibujos apiñados en los corredores de los palcos y algunos lienzos mayores desplegados en la propia sala, de donde se habían retirado las butacas para dedicarla a esa aparatosa muestra en que Lavalleja se codeaba con Carlota Ferreira. Como experiencia inaugural fue bastante extraña para el cronista (un teatro convertido en galería de arte), pero luego ese contacto sería enriquecido por los recuerdos de seis décadas como espectador teatral, un período envidiablemente rico para el Solís como anfitrión de celebridades extranjeras, durante el cual desfilaron Barrault y Renaud, Gielgud y Worth, Torrieri y Gassman, Casares y Brasseur, Proclemer y Albertazzi, sin olvidar a Vivien Leigh, Marcel Marceau o Michael Redgrave entre otros monstruos sagrados.

Pero la memoria y el afecto dicen que la relación del espectador con el Solís ha sido mayormente la de su familiaridad con la Comedia Nacional, una inquilina que ocupa el teatro desde 1947 y ha montado en ese escenario algunas de sus versiones más perdurables. Claro que cuando baja el telón, lo que se ve ya no es aquella mole de terciopelo granate con su borde lleno de bordados, flecos y madroños. Hay un telón nuevo que tomó el sitio del anterior, como hay sillones recién estrenados llenando una platea que hasta los años 60 se destacó por sus butacas de respaldo muy bajo y arqueado, de cuyo borde de madera pendía el perchero para colgar los abrigos. Lo nuevo no es igual a lo viejo, pero (según enseñaba Giuseppe Lampedusa) algo tiene que cambiar para que todo siga como está. Nuevos asientos para un viejo placer.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar