Hoy como ayer

JORGE ABBONDANZA

La población civil ha sido siempre víctima del gesto más cobarde de los ejércitos: la masacre de los inermes. Así ha ocurrido desde Alejandro Magno y desde Atila en adelante, sin que la civilización haya sabido atenuar esa abyección, como lo sabe quien tenga datos sobre el bombardeo sistemático de ciudades inglesas y alemanas durante la segunda guerra mundial. El fantasma ha vuelto a levantarse con el desastre del Líbano e Israel, porque la realidad debe echar más leña al fuego para que la opinión pública vuelva a escandalizarse en medio de la sobredosis de noticias que la asalta diariamente. El nervio sensible de la gente sólo vibra cuando se le clava una gran inyección.

Pero las explosiones sobre Beirut o sobre Haifa son apenas el último aporte en la materia. Tienen que competir con datos previos como los de Irak, donde las tropas de ocupación no parecen alarmarse ante la cifra de 50.000

muertos (mayormente civiles) divulgada oficialmente por el Ministerio de Salud de ese país, en base a informes de los hospitales y la morgue. Los soldados norteamericanos han hecho su aporte para redondear esa suma en tres años de posguerra donde ha pasado de todo. El juicio iniciado en California contra ocho infantes de marina acusados de asesinato permite saber lo que sucedió por ejemplo el 26 de abril en el pueblo de Hamandiya, al norte de Irak.

Ese día llegó al lugar un escuadrón de la Primera División de Marines buscando insurgentes que habían puesto una bomba en la carretera. En la casa indicada no había nadie y entonces los soldados ingresaron a la siguiente, donde se encontraba un inválido de 52 años en su silla de ruedas. Delante de toda la familia, el hombre fue llevado al exterior y allí lo balearon, luego de lo cual un sargento ordenó colocarle una ametralladora entre las manos para simular que se había resistido antes de ser liquidado. Episodios de esa índole son los que desarrollan en Estados Unidos una resistencia a la guerra que ya ha llevado a más de doscientos jóvenes a refugiarse en Canadá para eludir el reclutamiento.

El caso de Hamandiya no es único. El 12 de marzo en Mahmudiyah, al sur de Bagdad, cuatro soldados norteamericanos abandonaron su puesto de control luego de tomar alcohol, entraron en una casa del pueblo y delante de una mujer mayor, un hombre y una niña violaron a una muchacha. Luego uno de los soldados mató a tiros a los cuatro y sus compañeros intentaron quemar el cadáver de la joven para borrar los rastros de la violación. Ahora el responsable del caso está acusado de estupro y homicidio por la Justicia civil de su país, pero es difícil que su condena pueda sanear un panorama de ferocidad que sólo es contrarrestado por la débil corriente pacifista.

Y así la población civil sigue cayendo bajo el plomo, mientras las voces que se elevan pidiendo la paz son capitaneadas por la retórica de las Naciones Unidas, del papa, de ciertos gobiernos o de las instituciones benéficas, que hablan mucho y actúan poco. Debajo de esas proclamas, una cultura que viaja al espacio, lucha por la preservación del ecosistema y aprueba leyes humanitarias, tolera también la matanza de la gente desarmada en medio de guerras del siglo XXI que liberan los mismos instintos de la edad de piedra.

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