CRITICA / FERNANDO MANFREDI
CONCIERTO DE LA OSSODRE
Programa. Obras de Debali, Saint Saëns, Marino Rivero y Peter Tchaikowsky
Director. Nicolás Pasquet
Solistas. Federico Nathan (violín), René Marino Rivero (bandoneón)
Sala. Teatro Solís, martes 18 de julio
El día especial en que se conmemoraba un nuevo aniversario de la Jura de la Constitución reunió a un público también especial para el concierto de la Ossodre. Autoridades nacionales y figuras del ámbito político, empresarial y de la cultura se hicieron presentes en el Solís para escuchar un programa que incluía, el Himno Nacional Uruguayo, el Concierto para violín y orquesta de Saint Saëns, el Concierto de Montevideo para bandoneón y cuerdas de Marino Rivero (1995-1996) y la obertura fantasía Romeo y Julieta de P.I. Tchaikowsky.
Los artistas implicados en el espectáculo constituían por sí mismos parte del atractivo. En efecto, era el reencuentro con Nicolás Pasquet, luego de varios años de que no subía a un podio en el Uruguay y con Marino Rivero cuyas prolongadas giras por Europa justifican el predicamento que tiene entre el público del viejo continente, lo que se complementaba con la posibilidad de escuchar al joven violinista Federico Nathan en una obra "de peso" que le planteara un desafío importante.
No se puede juzgar con profundidad el trabajo del director por cuanto el mismo en gran parte del concierto estuvo supeditado al rol de acompañante que en este caso cumplió con profesionalismo y eficiencia, el próximo 25 con Brahms sí será posible observar cuando ha evolucionado Pasquet en su experiencia de varios años en Alemania.
En todo caso importaba saber cómo se desempeñaría Federico Nathan enfrentado a una obra de las capitales para violín. Siendo uno de los más prometedores instrumentistas de su generación, abordó a los 20 años un Saint Saëns por momentos intrincado y poco gentil con el solista.
Desde el punto de vista técnico Nathan se desempeñó sin sobresaltos. Tiene soltura y ello es un factor destacable, pero aún le queda por encontrar ese nivel de interpretación que sólo aporta la madurez, ese "estilo" que aún se manifiesta esquivo.
René Marino Rivero ofreció como siempre una cátedra de bandoneón sacando a su instrumento inflexiones y giros producto de su gran capacidad. Su concierto, marcadamente más tonal que los antecesores es una obra de gran extensión que presenta pasajes de gran inspiración (en especial en el 2o. y 3er. movimientos). En toda la obra las líneas urbanas marcan más el espíritu que la superficialidad de su modo esencial.
Fue prolijo el final con Romeo y Julieta de Tchaikowsky que no obstante al ser encarado en un tiempo más laxo perdió mucha de su esencia dramática a despecho de una mayor justeza.