Recientemente, nuestro diario recogió de su homónimo madrileño una entrevista que éste le hiciera a L. Diamond, profesor de la Universidad de Stanford. En ella, el estudioso norteamericano juzgó como una "fantasía increíble" la idea de crear en Irak "un país pro estadounidense y pro israelí". Para él, constituye "una falsa creencia que Irak pueda ser democrático puesto que es una sociedad con fuertes partidos religiosos", lo cual implica, agregamos nosotros, dogmatismo y verticalidad absoluta. Además, resulta obvio que la sociedad civil y el Estado de Derecho -esencia de toda democracia- son incompatibles con la permanencia de tropas extranjeras de ocupación.
Honestamente, costaba creer que la guerra en el antiguo país mesopotámico fuera de mal en peor. Muchos creyeron que la inmensa superioridad bélica de la coalición encabezada por los EE.UU. sería suficiente para derrotar a Saddam Hussein -y así fue en la confrontación inicial de tipo convencional- pero la verdad es que ni aun con la altísima tecnología empleada se logró consolidar la victoria militar obtenida: sigue dominando el panorama la insurrección terrorista de raíz religiosa y nacionalista.
Llegamos, pues, al momento actual en el que EE.UU. se consume emocionalmente por sus tribulaciones en Irak pero que, además, se debilita la esperanza en un futuro democrático iraquí y se acentúa el odio hacia Israel, en toda la región, por considerarlo representante de valores ajenos al Islam y a sus sentimientos nacionalistas, exacerbados por la ocupación de sus tierras históricas.
¿Podemos concebir un Irak democrático y una Palestina democrática aunque el gobierno de ésta haya sido elegido libremente por el pueblo? Al igual que Diamond, somos escépticos al respecto. En tal sentido, reiteramos una convicción varias veces expresada en esta página: la democracia no es un producto de exportación que el Primer Mundo pueda enviar al Tercer Mundo, pues es la creación interna de una cultura. No es un traje de confección que cualquiera pueda ponerse encima de su cuerpo, sino un traje a la medida que sólo es válido para un individuo determinado. Incluso, esta última analogía no es del todo correcta porque la democracia es, más que nada, el resultado de un crecimiento orgánico, es una verdadera piel que se desarrolla desde adentro, es una emanación del pueblo que la va a protagonizar y que no puede ser trasplantada desde organismos foráneos. Lo que sí puede ser importado es el formalismo democrático, con sus elecciones periódicas (quizá amañadas) y los diversos mecanismos de funcionamiento del gobierno.
Mientras no prevalezca la sociedad civil sobre cualesquiera otras cosas y mientras no se reconozca visceralmente que el Estado de Derecho es un contrato social que no debe ser transgredido, bajo ningún concepto, no habrá una auténtica democracia.
La Inglaterra del siglo XIX enseñó al mundo que la democracia no se forja de un día para el otro: crece lentamente y a lo largo de generaciones. Las reformas de 1832, 1867 y 1884 van disminuyendo los requisitos que debían cumplirse para poder votar, de tal modo que, concomitantemente, aumenta el número de las personas, de todas las clases sociales, aptas para intervenir en las lecciones. Este proceso culmina en 1918 con el voto universal masculi- no (mayores de 21 años) y el femenino (ocupantes de propiedades, mayores de 30 años, rebajados, luego, a 21).
Esta evolución es similar a la que se produce en los EE.UU. y en Francia y en todos los casos es acompañada por un vigoroso y secular respaldo intelectual a cargo de diversas corrientes filosóficas y sociales. Este largo y, a menudo, doloroso proceso de democratización, no puede ser decretado por ningún voluntarismo: obedece a una concientización a escala nacional. ¿Existe en Palestina, Irak y Afganistán, entre otros, esa condición sin la cual no nace la democracia?
La respuesta debe darla cada lector, sin dejar de pensar en la realidad uruguaya y en los riesgos que puedan acecharla.