G8 va a Rusia con recelo por senda que elige Putin

| Las potencias se reúnen en San Petersburgo y aunque no está en la agenda, algunos acontecimientos rusos preocupan a los grandes países

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MOSCU | THE ECONOMIST, NEWSWEEK

Cuando los líderes de las más ricas democracias del mundo se reúnan en San Petersburgo este fin de semana para el primer G8 en el que Rusia actúa como anfitrión, van a encontrarse con algunas contradicciones. Primero, porque bajo ningún concepto Rusia califica como un país rico. Segundo porque, de acuerdo a cada vez más analistas, Rusia tampoco merecería el calificativo de democracia, y de la mano del presidente Vladimir Putin, se aleja aún más de esa descripción.

Los puntos de la agenda formal incluyen seguridad energética, combatir las enfermedades infecciosas, educación, además de discusiones sobre asuntos puntuales como las amenazas nucleares de Corea del Norte e Irán, y el penoso estado de la ronda de Doha de comercio mundial. Pero el principal tema en la mayoría de los asistentes será: ¿cómo manejarse con una renaciente Rusia renaciendo cada vez menos democrática?

"Los tiempos están cambiando; ahora hay una nueva realidad", dice el principal asesor de Putin, Sergei Prikhodko. O, como lo pone Dmitry Trenin del Centro Carnegie de la capital rusa: "Moscú dejó la órbita occidental. Ahora está en vuelo libre".

El renacer es evidente en las calles de San Petersburgo, y mucho más en Moscú. Cuando Putin llegó a la presidencia en 2000, Rusia estaba ganada por el caos y la corrupción y dominada por una oligarquía multimillonaria. La guerra en Chechenia estaba ingresando en una fase aún más brutal. El default y la devaluación de 1998, dejaban una oscura sombra sobre la economía

Putin le dio al país una mayor estabilidad y firmeza en el gobierno. La economía se recuperó, gracias, principal (si no exclusivamente) a los altos precios del petróleo. Los sueldos y los estándares de vida subieron, la última deuda externa está a punto de ser pagada, y los mayores controles de cambio han sido abolidos. Hay una creciente clase media, aún en las provincias. Los rusos pueden decir con orgullo que hicieron que el mundo los volviera a tomar en serio, como con la cumbre del G8. Todo explica la alta popularidad de Putin.

Pero, algunos analistas creen que ese crecimiento económico va de la mano de un atrofiado desarrollo político. En los últimos años, casi toda oposición seria ha sido dejada de lado, conquistada o aplastada. Los medios, relativamente libres en la década de 1990, han sido clausurados o tomados por el gobierno o sus seguidores. Las últimas elecciones para gobernadores regionales han sido calificadas como un saqueo, continuando con la intención del Kremlin no solo de centralizar, sino también monopolizar el poder político. La Policía y los fiscales permanecen como una herramienta del Kremlin, sólo que Putin los utiliza de una manera aún más efectiva que Boris Yeltsin. La corrupción se nota menos, lo que no quiere decir que pueda existir gran escala.

El Cáucaso también permanece inestable y peligroso, a pesar de que los combates en Chechenia han disminuido y hoy se supo que fue asesinado Shamil Bsayev, el rebelde checheno acusado de una serie de atrocidades contra civiles. Más allá, Rusia sigue codiciando a los países cercanos desde Ucrania y Georgia hasta Asia Central, aparentemente buscando vecinos débiles, no fuertes.

Putin ha hecho del patriotismo una virtud. El viejo himno nacional soviético ha sido reeditado. Carteles llevan consignas como "Leningrado: ciudad heroica" y "Regresemos a la madre patria". La televisión oficial ha revivido conciertos de gala celebrando el Día del Ejército, el Día del Policía y un canal especial, Zvezda es utilizado por el Ministerio de Defensa, para emitir películas patrióticas de la era soviética. De más está decir que Putin no es un criptofascista. Pero algunos ven un lado oscuro en ese nuevo nacionalismo.

La pregunta que sobrevolará en la cumbre de San Petersburgo es: ¿qué podemos hacer con todo esto? La respuesta: no mucho. Un reciente informe del Consejo de Relaciones Exteriores, y un artículo en Foreign Affairs, concluyeron que Rusia está alejándose de Occidente, y que las críticas externas no tendrían mucho efecto. Un alto precio del petrólero ha aislado a Rusia de la economía externa y de la presión financiera.

Así, a pesar de que no va a ser discutido abiertamente en el G8, la pregunta de hacia dónde va Rusia es tan crucial para Europa y Occidente como lo es Irak, por ejemplo. ¿Se volverá Rusia un responsable "miembro de la familia europea", como confesó Putin la semana pasada o evolucionará en una suerte de Estado corporativo plutocrático y reaccionario como alguna vez fue Corea del Sur (pero sin la industria o la ética de trabajo)? Parece difícil de saber.

Los países más poderosos del mundo intentarán averiguarlo este fin de semana en San Petersburgo.

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