Otro triunfo en la guerra al terrorismo

MOSCU - Seis años después de llegar al Kremlin con el lema de lucha sin tregua ni cuartel contra el terrorismo, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, recibió ayer de sus servicios secretos el botín más preciado de esta contienda, la cabeza del jefe guerrillero checheno Shamil Basáyev.

El intento de extender la guerrilla islámica al vecino Daguestán primero y las explosiones de dos edificios de viviendas en Moscú después, que las autoridades rusas atribuyeron a los separatistas chechenos, caldearon al extremo los ánimos en Rusia en 1999, aún resentida por la derrota en la primera guerra chechena (1994-1996).

El 2 de octubre de 1999 Putin inició la segunda guerra de Chechenia.

"Los dejaremos tiesos, incluso si los pillamos en el retrete", fue la frase que realmente catapultó a Putin a la fama e hizo incluso innecesaria la campaña electoral cuando pocos meses después presentó su candidatura a la Presidencia.

La campaña militar fue fulminante y no dejó la más mínima oportunidad a los combatientes chechenos de repetir las grandes derrotas que habían infligido al Ejército ruso apenas cinco años antes.

Pero la principal victoria de Putin era otra: el Kremlin ya tenía ganada la guerra propagandística e informativa.

Para Rusia entera, su Ejército combatía contra sanguinarios bandidos y no contra los románticos guerrilleros de la primera guerra, que de luchadores por la libertad se convirtieron en integristas islámicos.

A las críticas internacionales y las demandas de iniciar un "proceso de arreglo político" en Chechenia, Putin contrapuso la paulatina legalización del régimen del presidente checheno, Ajmad Kadírov, quien antes de pasarse al bando ruso había combatido con las armas en la mano y hasta fue el mullah que durante la primera guerra proclamó la "yihad" contra Rusia.

Bajo la abrumadora superioridad de la maquinaria militar rusa, fue precisamente Basáyev quien se dedicó a "trasladar la guerra al territorio ruso" mediante ataques terroristas cada vez más sangrientos pero que chocaban con la plena intransigencia del Kremlin, fuera cual fuera el precio a pagar.

Ni la toma del teatro Dubrovka de Moscú, en octubre de 2002, donde el asalto de las fuerzas de Seguridad rusas costó la vida de 169 personas (128 rehenes y 41 terroristas), ni la tragedia de Beslán, en setiembre de 2004, donde en otra operación de rescate murieron 331 rehenes, de ellos 186 niños, consiguieron hacer renunciar a Putin al principio de que "Rusia no negocia con terroristas".

Los atentados del 11-S no sólo sirvieron para que Putin se convirtiese en aliado estratégico de Washington en la guerra contra el terrorismo, sino también para que la propaganda rusa convirtiera a la guerrilla chechena en mero eslabón de la red terrorista internacional Al Qaeda.

A partir de entonces, la "operación antiterrorista" proclamada por Putin aún en sus tiempos de primer ministro ya no se limitó a las fronteras de Rusia ni a los separatistas chechenos.

En febrero de 2004, es asesinado en Qatar el ex presidente checheno Zelimján Yandarbíyev, y dos rusos son detenidos y condenados a cadena perpetua.

Rusia niega la implicación de sus servicios secretos, pero vuelca toda su diplomacia en conseguir la entrega de sus dos espías, a quienes al fin recibe en Moscú como a verdaderos héroes.

Dos años después, tras el secuestro y asesinato en Bagdad de cuatro diplomáticos rusos, el eslogan de "el mejor terrorista es el terrorista muerto" se vuelve principio de Estado. EFE

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