Bloqueo educativo

PABLO DA SILVEIRA

El país asiste en estos días a la elección de un nuevo rector de la Universidad de la República. Muchas cosas llaman la atención en este proceso, pero la más curiosa es la ausencia de un debate de calidad. Los gremios universitarios no discuten ideas concretas, ni lo hacen los candidatos, ni mucho menos los universitarios no organizados. Todo se reduce a un intercambio de afirmaciones generales ("hay que transformar la universidad", "hay que descentralizar", "hay que investigar más") o a la repetición ritual de simples desatinos (tanto el rector saliente como los candidatos parecen creer que el principal desafío es aumentar la cobertura de la educación terciaria, como si todo estuviera bien y sólo hiciera falta crecer). Mientras tanto, nadie acepta evaluar la gestión que termina. Es que todo debate serio sobre la universidad estatal será imposible mientras los uruguayos no aceptemos embarcarnos en un esfuerzo de sinceramiento que nos obligaría a aceptar algunas verdades incómodas.

La primera de esas verdades es que la Universidad de la República no es tan grande como parece. La institución dice tener casi ochenta mil estudiantes, pero esa cifra incluye a muchísima gente que naufraga en alguno de los filtros académicos que existen al inicio de varias carreras, o que sólo se inscribe para acceder al boleto estudiantil. Un estudio realizado por la propia universidad estatal mostró que, si se considera estudiante a alguien que haya aprobado una materia en los doce meses previos (un criterio muy laxo para los estándares internacionales), la cantidad de alumnos cae a menos de treinta mil. Si la institución tiene tantas dificultades para cambiar no es entonces porque tenga una escala inmanejable sino, más simplemente, porque tiene un sistema de gobierno inadaptado a los tiempos actuales, en el que resulta más fácil bloquear las iniciativas que impulsarlas.

Lo anterior sugiere que la universidad estatal es bastante menos pobre de lo que solemos creer. Si los estudiantes reales no son ochenta sino menos de treinta mil, la cantidad de recursos por inscripto es unas tres veces más alta de lo que se dice durante las negociaciones presupuestales. Un estudiante inactivo es un estudiante que no genera costos. Los aproximadamente ochenta millones de dólares anuales que recibe la universidad estatal la colocan pues, con mucha ventaja, como la universidad uruguaya que dispone de más dinero por alumno.

En tercer lugar, la Universidad de la República es menos buena de lo que se suele creer. Si bien la institución aspira a convertirse en árbitro de todo lo que ocurre en el terreno de la educación terciaria uruguaya, la reciente experiencia del proceso de acreditación Mercosur mostró que sus laureles están algo marchitos. Dos de las carreras más emblemáticas de la institución (Medicina e Ingeniería Civil) tuvieron dificultades cuando fueron evaluadas según estándares acordados a nivel regional.

La intervención de la Universidad de la República terminó hace más de veinte años. Desde entonces la institución se ha gobernado con total autonomía. Desde hace un año y medio, además, hay un gobierno nacional con el que se siente en sintonía. En este contexto, lo que haga bien y lo que haga mal es de su entera responsabilidad. Y las cuentas hay que rendirlas ante los ciudadanos, que somos también los contribuyentes que la financiamos.

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