Corazones rotos

| Los vecinos comenzaron a retirar las banderas que tapizaban los balcones de las casas

La familia Klinsmann no quiso ser más explicita y simplemente colgó un cartel: "Cerrado por motivos actuales". El escaparate de su panadería en Botnang, un suburbio residencial de Stuttgart donde viven los Klinsmann, anunciaba así el cierre del establecimiento en un día de resaca para Alemania. No había nadie que no supiera cuáles eran esos motivos: su hijo Jürgen acababa de perder la noche antes la semifinal de la Copa del Mundo ante Italia.

El alemán de a pie se despidió de la lucha por el título abatido por la derrota, pero dispuesto a defender el balance aún parcial de su buen expediente como anfitrión.

La "banderitis" nacional ondeaba ayer a media asta y los millones de alemanes que se agolpaban junto a las pantallas gigantes durante el partido se retiraron con resignación, pero sin aspavientos.

"Qué le vamos a hacer, la próxima vez les ganaremos", se despedía ayer un alemán, envuelto en su bandera, de un ufano italiano, enroscado en la suya, tras haber compartido el suelo de un vagón restaurante en un tren nocturno, de Dortmund a Berlín.

De la decepción se pasó al "qué le vamos a hacer", después de que los aficionados alemanes se dejaran todas las lágrimas en las tribunas y en la cancha.

La edición de ayer del popular diario Bild incluía un paisaje de caras llorosas y corazones destrozados, pero el país pareció despertar resignado a la derrota.

Dortmund amaneció con algunas banderas y camisetas alemanas abandonadas en las calles y las mesas de los cafés, pero otros aficionados aún la lucían sobre su cuerpo.

¿Y qué hacer con la camiseta?, es la pregunta del día después. "Lavarla, colocárnosla para el partido del sábado y dejarla dormir luego en el armario hasta la Eurocopa", dijo un hincha de a pie, que llevaba la casaca alemana estrujada en el puño.

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