ALVARO CASAL
El gobierno parece interesarse en los temas del tránsito. Pero no le vengan con asuntos menores. Ahora anuncia la creación de una unidad reguladora, donde se centralizaría lo relativo a la legislación sobre circulación vial. Suena importante. Hace poco más de un mes, fue lo del gigantesco plan de transporte público encarado a partir del ministerio correspondiente y la Intendencia de Montevideo. Eso también sonó importante.
Entre los propósitos a aplicar a través de la citada unidad reguladora, está la tolerancia cero sobre contenido de alcohol en la sangre de los choferes profesionales y una reducción drástica en los niveles admisibles en la sangre de los demás conductores. En el plan develado a principios de mayo había grandes avenidas, terminales de ómnibus soñadas incluyendo "shoppings" en sitios sorprendentes y hasta el retorno de los tranvías en el marco de un sueño de 120 millones de dólares.
Todo esto apunta a lo mediato. ¿Y lo inmediato? ¿Y las realidades del tránsito de hoy, que mata a diario, que entorpece, que banaliza lo que en otras latitudes sería horroroso?
Veamos: ¿no sería mejor ir por partes y ahora, ya, realizar controles en forma más efectiva sin entrar en disquisiciones sobre si debe o no modificarse el nivel autorizado de alcohol?
El ministro de Transporte y Obras Públicas, Víctor Rossi, dijo que "hay una carencia de un ámbito ejecutivo que pueda definir las políticas de tránsito y seguridad vial". Suena muy bien. Sin embargo, antes de definir políticas como esas, ¿no sería bueno aplicar normas de tránsito claras, sensatas, que ya existen y que nadie se ocupa de hacer cumplir?
Por ejemplo: ¿qué tal si se ocupan de que los choferes de ómnibus (no necesariamente alcoholizados), dejen de cruzar semáforos en rojo, no pongan en peligro a sus pasajeros haciéndolos subir y descender lejos de la vereda o bien que descarten el imponerse en el tránsito con la mera amenaza del volumen de sus vehículos?
Montevideo es una jungla asfaltada. Las líneas que otrora marcaban sitios como los de dónde deben frenar los coches, dónde se puede o no estacionar, dónde se habilita el cruce de peatones, están en general borradas total o parcialmente. Los semáforos son cada vez menos respetados y esto ha derivado en graves accidentes. Por lo demás, quienes transitan forman un conjunto abigarrado de asombros. Están los peatones indómitos, los automovilistas que usan sus vehículos no para meramente circular correctamente sino para afirmar sus personalidades y los motociclistas y ciclistas que parecen vivir en un mundo paralelo de inimputabilidades. Y están, por cierto, los carros. Hay reglamentos sobre la circulación de carros, pero ellos han sido largamente archivados. Actualmente los carros, tirados por seres humanos, bicicletas o caballos, suman más de seis mil y son los usuarios de la vía pública que han logrado el milagro de la invisibilidad: es como si policías o inspectores municipales no los vieran.
No importa por dónde pasan, dónde se detienen, si no cuentan con identificación ni luces, nadie repara en la eventual alcoholemia de sus aurigas, tampoco en su edad y si protagonizan un accidente, jamás son llamados a responsabilidad.
Pero a no preocuparse: los grandes planes del "progresismo" han empezado a rodar.
"¿No sería bueno aplicar normas de tránsito claras, sensatas, que ya existen y que nadie se ocupa de hacer cumplir?"