El conflicto entre los hermanos rioplatenses -un poco desavenidos- en torno a las papeleras, o mejor, las pasteras (porque su finalidad primaria es elaborar pasta de celulosa) parece haber entrado en una etapa de calma y de reflexión.
Cualquier observador ajeno a la confrontación debe haber tenido la impresión de que todo cuanto ha ocurrido a nivel de los gobiernos involucrados fue el resultado de una real falta de madurez en el manejo de las relaciones internacionales. Pareció, más bien, una pelea entre chiquilines con sus dimes y diretes, sus afirmaciones y negaciones, sus enojos, sus lamentos, sus ruegos, sus veladas amenazas y su declamación de amor fraterno. Es justo reconocer que, en esta confrontación, el peor papel lo desempeñó el presidente Kirchner, impulsado por un temperamento muy poco inclinado a la conciliación pero sí al autoritarismo, atento a la preservación de sus intereses electorales y poco respetuoso de las personas y de las naciones que, a pesar de sus palabras melosas, no le caen en gracia. Este es el escenario en el que ha transcurrido la tragicomedia de las plantas de Fray Bentos. Una tragicomedia que, por decisión de los piqueteros, consentidos por Kirchner, ha ocasionado pérdidas multimillonarias al Uruguay y puesto en peligro la creación y el mantenimiento de miles de puestos de trabajo.
¿Quién nos resarcirá de esas pérdidas que fácilmente se hubieran evitado si el gobierno argentino hubiera hecho valer su legítima autoridad -como lo hizo en incontables oportunidades anteriores-, poniendo en vereda a los piqueteros que no le agradaban y si hubiera respetado nuestros derechos soberanos en lugar de acudir a declaraciones melifluas hacia nuestro país pero sin volver habilitables los puentes sobre el río Uruguay. Hasta que decidió presentar su demanda ante la Corte de La Haya, después de haber sostenido que el conflicto era binacional. Es inexplicable que, como presidente temporario del Mercosur, haya rechazado que este organismo se ocupara de un conflicto que él entendía era binacional pero que, en cambio, no tiene empacho alguno en presentarlo ante una corte internacional. Ante tal postura, el presidente Vázquez dijo lo que tenía que decir: "No hay nada más de qué hablar".
Desde la otra orilla, un ministro respondió: "...son declaraciones altisonantes. Siempre que exista la posibilidad de diálogo, bienvenido sea".
Uno se pregunta: ¿quién aplicó la fuerza, rehuyó el diálogo y cortó el acceso a los puentes? ¿Quién prefirió el dictamen de la Corte Internacional antes que el diálogo entre las partes?
La opinión pública uruguaya está harta de tanto fariseísmo. Dialogar, lo dice cualquier diccionario, es conferenciar, es conversar. Es incompatible con el uso de la violencia, que es el arma que el gobierno argentino empleó pero que luego recomendó suspender porque debilitaría su posición en La Haya.
¡Así de sincero!
El prestigioso periodista argentino Morales Solá exhortó a profundizar el diálogo porque cualquier decisión unilateral traerá consigo vencidos y vencedores, y ello no es bueno para nadie. Esto da una idea de lo complejo del conflicto planteado: hay que tratar que la disputa no hiera orgullos nacionales o personales ni intereses económicos o ecológicos.
Pensando en términos realistas, es muy difícil que nada de esto sea afectado. Porque lo cierto es que Uruguay no puede invalidar la concesión que otorgó, o sea, que la construcción de las pasteras se hará, pese a quien pese. Tampoco es lógico que Kirchner no gane ninguna baza en la disputa y que salga derrotado en un período en que se juega la reelección, aunque el dictamen de la Corte se difiera por algunos años. ¿Entonces? Lo deseable, diría Perogrullo, es que el conflicto no se hubiera planteado y, en todo caso, que la Argentina se hubiera limitado a exhortar firmemente al Uruguay a que tomara recaudos para que no se produjera ninguna contaminación ambiental. No fue así.
Hay que buscar una salida justa, objetiva y honorable. Este absurdo conflicto debe terminar.