Honores para Onetti

Miguel Carbajal

No era necesario, pero no está demás. El juicio saltó a la palestra un poco tarde. De cualquier manera Mario Vargas Llosa puso a prueba su enorme prestigio y se la jugó por Juan Carlos Onetti a quien consideró el escritor latinoamericano más importante. ¿Más que Borges? Más que todos, dijo Vargas Llosa aunque existe una especie de certeza metafísica que más grande que Borges no existe nadie, con la excepción de Dios y Maradona. Lo de Vargas Llosa tiene la importancia de provenir de un razonamiento independiente, fuera de cualquier forma de evaluación. No estaba haciendo una lista del uno a cien y le dio el premio a Onetti. Habló dentro de un raciocino más general y más rico en donde lo destacó sin caer en las listas conspirativas. Para algunos especialistas internacionales y varios admiradores locales lo de Onetti era un hecho de la realidad aunque no se lo reconociera. Un dato cierto y sólido, pero casi escondido detrás del personaje oscuro, a veces antipático, en ocasiones abyecto que parece absorbido por los pecados capitales. El uruguayo culto promedio conoce al Onetti mito y no al escritor. Quizá porque es una identidad, la suya, casi borrada, y una literatura, la suya, harto difícil. Los escritores leídos son el prolífico y siempre en sintonía, Mario Benedetti; esa conciencia protolatinoamericana en forma de epigrama que es Eduardo Galeano, Quiroga intermitentemente, Felisberto Hernández cuando la cultura irrumpe como moda pasajera, Morosoli como una referencia monolítica, Espínola, Amorim y Arregui cuando retorna la nostalgia por el país rural, el elitismo de la poesía, la saga de los escritores contemporáneos que encabezan De Mattos, Delgado Aparaín, Trujillo y los mejores momentos de Burel; el periodismo oportunista que aprovecha la ocasión; los títulos lights y el cacareo editorial que sólo existe en base a la publicidad. Dentro de ese panorama, ¿quién le hinca el diente a Juan Carlos Onetti?

Vender el carnero y después la carne parece ser un invento de Ernest Hemingway y no lo fue. Lo que hizo Hemingway fue maquillar el carnero, dotarlo de glamour y ubicarlo dentro de una carnicería con neón de Hollywood. El muchacho se armó un personaje al revés de Onetti; fotogénico, simpático (cuando tenía una cámara cerca, de lo contrario era una basura según Gertrude Stein), aventurero, vestido con smoking cuando aparecía por New York o con camisa de franela a cuadros que tipifica al norteamericano del Medio Oeste cuando posaba de rudo y viril. Y su olfato para estar siempre al lado del ruido: encima del primer tanque yanki que llegó a París (un dato falso que vendió como real), ser "friend" íntimo de Marlene Dietrich (otra irrealidad), perderse en Africa y aparecer caminando vivo en medio del desierto; ser amigo de los grandes toreros (y de Ava Gardner, claro), armar rancho en Cuba desprendido de todo planteo ideológico y ser noticia hasta cuando decide suicidarse. Los grandes escritores franceses y rusos del siglo XIX ya habían inventado vender el escritor antes que la escritura. Tolstoi fue un visionario en ese terreno. ¿Qué legó Onetti como clave para acceder a su intimidad? Un hombre mayor afeado por los lentes, un habitué de bares fuera del circuito, una carrera periodística que lo tuvo en medios importantes pero en roles sin proyección; un "outsider" siempre fuera de foco: ni perteneció al 45, aunque El pozo gatilló esa generación, ni formó parte del "boom", ni tuvo la juventud y el carisma para brillar en los encuentros de escritores en donde Carlos Fuentes era la estrella, García Márquez el objetivo y Vargas Llosa el ingeniero. Sufrió el fatídico episodio de ir a la cárcel por el solo hecho de ser un jurado literario; terminó en el exilio, pero no en el dorado, sino el maduro, enfermo, depresivo y maníaco, cuando resolvió refugiarse en la cama y no levantarse más. Y la venganza de no querer volver. ¿Y su obra? Uno de los tesoros literarios del siglo XX, un patrimonio uruguayo para siempre.

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