Pequeña pero grande

JORGE ABBONDANZA

Buenos Aires estaba al borde del abismo en 1974. La muerte de Perón, el gobierno de Isabelita bajo la tutela siniestra de López Rega, los operativos de la Triple A, las embestidas de la guerrilla y las bombas que estallaban a cualquier hora en cualquier lado, marcaban el camino que desembocaría fatalmente en el golpe de marzo de 1976. Pero la actividad cultural no se daba por vencida y en Los Teatros de San Telmo el director José María Paolantonio ponía en escena una versión ejemplar de Espectros de Ibsen, que llenaba la sala y culminaba con los largos aplausos que premiaban la labor del trío de intérpretes formado por Villanueva Cosse, Tony Vilas y una notable Alejandra Boero en el papel de la madre. Severa y majestuosa, la actriz dominaba el espectáculo con esa autoridad paradojal que han tenido ciertas mujeres físicamente pequeñas pero escénicamente dominantes. Eso sucedía con ella, igual que con ciertas colegas bajitas y sin embargo tan grandes como Helen Hayes, Valentina Cortese, Julie Harris o Judi Dench, sin ir más lejos.

Ahora Alejandra Boero acaba de morir a los 88 años, por culpa de una enfermedad respiratoria que la derrotó al cabo de largo tiempo de lucha, una lucha similar a la que libró para inaugurar salas teatrales contra viento y marea, para organizar elencos con un entusiasmo indomable o para frecuentar un repertorio aferrado a la calidad. Ese mismo impulso la colocó en primera fila toda vez que se debiera pelear por apoyar una ley que favoreciera la actividad escénica o por defender iniciativas artísticas en peligro. Lo estupendo de Boero es que durante medio siglo no sólo fue esa mujer batalladora sino además una actriz de gran talento y trayectoria exigente, doble privilegio que la convirtió en una de las personalidades argentinas de primer orden en su área, rango que compartió con María Rosa Gallo, Inda Ledesma, Norma Aleandro, Elena Tasisto o Alicia Berdaxagar.

El recuerdo de Espectros se asocia con otro en que la Boero ya no figuraba como intérprete sino como directora. Poco después de aquel acontecimiento en Los Teatros de San Telmo, ella puso en escena una versión de La casa de Bernarda Alba en el San Martín y el resultado fue brillante. En primer lugar, la directora convertía a la feroz matriarca lorquiana en un emblema del poder donde se reflejaban (como convenía a aquel momento histórico) otras formas políticas del autoritarismo y en ese papel triunfaba la energía de la Gallo, sentada en su sillón como en un trono sombrío. En segundo lugar, el vigor de la protagonista tenía su reverso en el irresistible sabor popular de la Poncia encarnada por María Luisa Robledo (madrileña de nacimiento pero argentina de adopción), otra actriz impar que también murió recientemente en Buenos Aires, aunque por lo menos dejó la herencia viva de sus hijas, Norma Aleandro y María Vaner.

La desaparición de Alejandra Boero despierta ahora la memoria de esas experiencias teatrales de hace más de treinta años y permite comprobar en qué medida la calidad escénica fue capaz de desafiar a un período tan amenazante, como también ocurrió en Montevideo durante aquellas etapas de riesgo y de adversidad en que los valores culturales fueron las armas con que combatió la mejor gente.

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