CRITICA/MATIAS CASTRO
DESTINO FINAL 3
Director. James Wong.
Guión. Glenn Morgan y James Wong.
Fotografía. Robert Machlachlan.
Montaje. Chris Willingham.
Diseño de producción. Mark Freeborn.
Música. Shirley Walker.
Elenco. Mary Elizabeth Winstead, Ryan Merriman y Kris Lemche.
Estados Unidos, 2006.
El subgénero de películas de terror por y para adolescentes, como fórmula concebida por productores armada y teledirigida a un público objetivo muy estudiado, tiene por lo menos 25 años. Había vivido una revitalización con Scream, de Wes Craven, hace diez años, que lo sacó de las estanterías de los videoclubes y lo devolvió a las pantallas de cine. Más o menos tan mediocre como el cine para niños y familias surgido a partir de Mi pobre angelito, esta ola generó una gran cantidad de películas con jóvenes universitarios carilindos perseguidos por un asesino clonado de Michael Myers, el de Halloween.
En medio de esta catarata salió la primera Destino final, en 2000, dirigida por James Wong, oriundo de Hong Kong, que venía de trabajar en Archivos X y luego dirigió El único, con Jet Li.
Aunque las demás (Sé lo que hicieron el verano pasado, Leyenda urbana, Scream y otras) produjeron casi tantas secuelas como esta, y tenían un estilo visual bastante parecido, esta tenía la ventaja del ingenio en el armado de las "secuencias de muerte" y cierta originalidad.
El esquema es igual en las tres Destino final: un grupo de gente evita un accidente al comienzo de la película (un avión estrellado en una, un choque en una carretera en otra y una montaña rusa descarrilada en esta) gracias a la premonición de la protagonista de la película. Quienes logran sortear la situación son perseguidos por la muerte durante toda la película, porque su destino era morir en el accidente.
La inteligencia del planteo está en que la muerte no es corporeizada y ni siquiera mostrada como algo consciente, simplemente se expresa a través de accidentes. Como si fueran los planes que Tom desarrollaba para atrapar a Jerry, donde en un extremo había un queso atado a una piola sujeta a una roldana que tiraba de otra piola y levantaba un peso y seguía así moviendo un complicado mecanismo, en Destino final las muertes de los personajes se construyen con pequeños elementos que arman un puzzle cuyo resultado es la decapitación, electrocución o aplastamiento de alguien. Pero siempre son accidentes casi posibles que parecen concebidos por un discípulo de Brian de Palma.
En esta tercera parte, que cumple y mejora estas reglas, los personajes no importan mucho. Solo importa que Wendy, la protagonista, está muy asustada y apenada por la muerte de su novio, y que quiere evitar las próximas muertes.
No importa que buena parte de un grupo de estudiantes se haya matado en la montaña rusa dos semanas antes de su graduación, porque a lo largo de toda la película los que los sobrevivieron apenas mostrarán alguna señal de que eso afectó su sensibilidad.
Pero nadie va a ver Destino final por los personajes o buscando un retrato generacional, sino para ver las escenas de muerte, por morboso que esto pueda parecer. La película las tiene y muy bien hechas.