Miguel Carbajal
Papá hablaba del recorrido del día, de las visitas a las bodegas, la aparición de los nuevos vinos, el aumento de la clientela: nadie lo escuchaba. Mamá estaba con las mejillas encendidas, los ojos luminosos y el aire entregado y feliz que a papá le hubiera gustado detectar en mamá después que hacían el amor. Muchas veces mamá aparecía maquillada hasta la mitad, peinada hasta la mitad, vestida hasta la mitad. El que estaba pronto siempre era el nene: los pantalones trepados hasta estrangularle las ingles, los zapatos lustrados y con cordones nuevos, el nuevo buzo a rombos, el rostro limpio y lustroso como el de una manzana. Cuando terminaba el almuerzo papá les repetía la misma pregunta: ¿Qué película van a ver hoy?, y antes de que viniera la contestación monoteaba el portafolio y se marchaba al trabajo. Un minuto después mamá se abalanzaba sobre la cartera, agarraba al nene de la mano y se iba hasta la parada del ómnibus de la esquina a esperar el transporte que la llevaba hasta el centro de General Villegas, Provincia de Buenos Aires. Si el tiempo coincidía iban a más de un cine. Después pasaban por el quiosco de revistas (el lunes aparecía Radiolandia, el martes Antena, el miércoles Vosotras, el jueves El Hogar y el viernes Ecran, una rareza chilena con chismes de Hollywood) y regresaban a casa a esperar a papá con sus aburridos cuentos de siempre.
Para entonces María Elena Delle Donne y su hijo Manuel Puig habían desarrollado una complicidad de gestos y de silencios que despertaba las risas de ambos en plenos monólogos paternos. Papá aceptaba las fugas vespertinas de mamá: hermosa, muy blanca, con los pechos trepados que tienen algunas mujeres que las dotan de escotes a la altura del cuello. Papá se enorgullecía de su coquetería, su romanticismo, sus aficiones artísticas. El que las compartiera con el nene redoblaba su seguridad y agregaba tiempo libre.
Lo que papá no sabía eran las trasgresiones de mamá cuando disfrazaba al hijo de Mecha Ortiz, Amelia Bence, Delia Garcés, Zully Moreno, las Legrand. Esos festivales de cosmética fueron ocultados a papá y lo privaron del reproche final cuando el nene creció, se fue a estudiar al colegio Wards de Ramos Mejía, trasladó sus búsquedas al cine internacional y empezó a salir con amigos que no le gustaban a papá. Mamá estuvo hasta el final de su lado. Apoyó sus estudios de arquitectura de Filosofía y Letras, su viaje a Roma después de conseguir una beca del gobierno italiano para estudiar cine. Aplaudió su primer guión europeo, su trabajo como asistente de director en Buenos Aires, su conversión a la literatura en 1962.
Cuando Manuel escribió La traición de Rita Hayworth y ella lee esa mezcla de radioteatro, material escolar y diarios íntimos se siente tan cacheteada como Gilda. El libro reveló varias de las cualidades de Puig: su feroz oído, su capacidad de imitación, su vanguardismo, su costado kitsch. El novelista fue una especie de Dos Passos que documentaba el momento histórico de una forma casi literal, pero utilizando los medios expresivos de la frivolidad. Resultó un escritor experimental, desinhibido, perceptivo, mordaz, que pasaba de la gran escritura a la banalidad en una misma página varias veces. The Buenos Aires Affair demostró su inclinación al barroquismo y también su valentía. La novela le ganó amenazas en la letal Argentina de 1973 y marchó al exilio. Ni siquiera su éxito con El beso de la mujer araña le valió el reconocimiento de sus pares en el "boom latinoamericano". Mario Vagas Llosa lo descalificó diciendo que escribía como Corín Tellado. Llegó más lejos que él en La tía Julia y el escribidor y lo resintió. Una década y media después de su muerte en México figura a la cabeza de las victorias editoriales. Desparejo, de gusto dudoso, demasiado "camp", Manuel Puig fue uno de los mejores escritores del siglo pasado.