Llegó la hora de aislar

Eduardo"Lalo" Fernández

Fue un fin de semana sin fútbol. Fue un fin de semana triste. Faltó la fiesta mayor de los uruguayos a la que en otras épocas era casi obligatorio concurrir. Pero todo cambió.

Desde el 74, año más, año menos, el fútbol se fue desvirtuando como tal y como espectáculo. De a poco la patota se fue adueñando del sano oscilar entre el drama de la derrota y la euforia de la victoria de la tribuna para transformarlo en un grosero y deleznable espectáculo rebosante de insultos, agravios gratuitos, bravuconadas de palabra y de hecho sobre cualquiera de los actores, (dirigentes, jugadores, técnicos, periodistas etc.) aderezados con peleas y ajustes de cuentas con la pesada del otro cuadro y todo tipo de tropelías desde robos, heridos y hasta muertos.

El tiempo pasó y para peor. En el Estadio ya no se puede pensar siquiera en concurrir a la tribuna Amsterdam para disfrutar como los lagartos del sol en pleno invierno o a la Colombes, la tribuna de la sombra. Ni soñar ir a encontrarse bajo el reloj de la Olímpica para luego ubicarnos en el mismo sitio casi siempre; de hacer el cambio de arco como los equipos entre tiempo y tiempo para ver "de más cerca" los goles o cuando "andábamos con el paco y eso con poca frecuencia" como decía el Mago, hacer facha en la mismísima tribuna América, feudo de los más bacanes. Y todo se perdió por culpa de algunos guapos de utilería envalentonados por la indolencia de las autoridades y la complacencia primero y el temor después de los estamentos del fútbol.

No parece razonable tener que prepararse para convivir con tanta brutalidad, la que no parece declinar en poco tiempo. Parece más saludable, aunque cueste, enfrentar el problema y para ello todos debemos ser contestes.

No más entradas, aplicar la ley vigente y si es necesario legislar otras, no más primeros planos o abiertos por televisión, no más por radio repetición de los mensajes tiernos, hasta de amor eterno, de las banderas, los que diez minutos después se dan de narices con las más grandes barbaridades dichas a coro. Llegó la hora de aislar a los indeseables. Que se den cuenta que cambian o no tienen lugar.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar