JORGE ABBONDANZA
El próximo viernes se estrenará en Montevideo una nueva versión de Orgullo y prejuicio, basada en famosa novela inglesa de comienzos del siglo XIX, cuyo eje son las cinco hijas casaderas de una familia venida a menos y la campaña para conseguirles marido. El espíritu de ese libro es el mismo que habita toda la producción narrativa de Jane Austen, autora que en su corta vida (1775-1817) dejó una obra volcada a la pintura de la burguesía del medio rural, sus intereses económicos, presiones familiares, matrimonios de conveniencia, separación de clases y —finalmente, desde luego— idilios felices. Una nota dominante de esa obra son los personajes femeninos animados por un vigoroso temperamento y una independencia envidiable (aunque también sospechosa) para la época. El encanto de ese material literario explica no sólo su perduración entre lectores del siglo XXI sino además su frecuente traslado al cine y a la televisión, que han sabido aprovechar sus mejores vetas: la comedia de costumbres, los jugosos personajes secundarios, el ojo crítico para satirizar a la sociedad de la época y por cierto la emotividad, que suele flotar sobre parejas juveniles que demoran en consolidarse.
ANTECEDENTES. Ahora que está por llegar Orgullo y prejuicio, algunos espectadores recordarán —con la visión telescópica propia de la tercera edad— una versión anterior que la Metro Goldwyn Mayer había filmado en 1940 y que se estrenó en Montevideo con el título de Más fuerte que el orgullo. Era en blanco y negro y tenía un elenco de estrellas, rasgo habitual en las producciones de la empresa, pero no tuvo demasiado éxito y se la repuso poco en décadas posteriores, de manera que ahora hace falta una memoria muy larga para tenerla presente y pescar algún detalle, como el Oscar que recibió por su dirección artística la presencia de Aldous Huxley entre los libretistas o la frescura de Maureen O’Sullivan en medio del grupo juvenil de la historia. La pareja central estaba a cargo de Laurence Olivier —aterrizado poco antes en Hollywood para hacer Cumbres borrascosas— y Greer Garson, una irlandesa que la Metro acababa de contratar luego de su revelación en Adiós Mr. Chips, aunque el mejor plato estaba en actrices características que enjoyaban los costados del reparto, como Mary Boland y sobre todo Edna May Oliver, una vieja fea y dominante que tenía su propia comicidad.
Sesenta y cinco años después, otro Orgullo y prejuicio desembarca en Montevideo dirigido por Joe Wright, con asesoramiento de Emma Thompson en el libreto y algunas celebridades maduras en el reparto, desde Donald Sutherland o Brenda Blethyn en el papel de la ansiosa madre de las muchachas, hasta Judi Dench en un personaje episódico de "dama hosca y mandona".
OPINIONES. Como ha señalado el crítico Fernando López en La Nación de Buenos Aires, "los más exigentes admiradores de Jane Austen formularán algunos reparos a esta suntuosa, condensada y muy bien interpretada versión, que al sacrificar subtemas y reducir episodios no sólo quita complejidad y sutileza al cuadro social, sino que también despoja de ciertos matices al retrato de los personajes y al vaivén de sus entrecortadas relaciones". A pesar de ello, la reseña agrega que "esa comedia de costumbres es capaz de deslizar bajo la banalidad de lo cotidiano una mirada aguda sobre aquel mundo y una visión de la existencia en clave tragicómica", donde se cruza el romanticismo con el filo satírico para desembocar en "el encanto y la gracia del original". Cabe destacar que Orgullo y prejuicio fue llevado en 1995 a la televisión británica con destellos capaces de merecer calificativos como "soberbia" o "insuperable".
Sin embargo otro cronista porteño, Aníbal Vinelli en Clarín, opina que la película "es un placer de principio a fin, tanto por las excelencias del elenco como por la sabiduría de ciertos cortes que deben atribuirse al guión de Deborah Moggach y quizá también a la colaboración oficiosa de Emma Thompson" en esa adaptación. Dicha nota tiene elogios para varios miembros del elenco, y en especial para los integrantes de la pareja protagónica, la bella Keira Knightley (que fue candidata al Oscar por esta labor) y Matthew Mac Fadyen como galán "distante y escasamente simpático" de esa heroína. Es probable que el estilo de Austen y la maestría con que el cine inglés sabe trasplantarla vuelvan a atraer a un público que recientemente tuvo más de una ocasión para saborear esas fuentes novelísticas de la era georgiana.
Una de esas oportunidades fue Sensatez y sentimiento (1995), donde la premiada habilidad de Emma Thompson en el libreto se asoció a la delicadeza con que el director Ang Lee manejó el material, detalle que conviene destacar ahora que Lee está en primer plano por los premios que ha recibido gracias a Secreto en la montaña. Otras adaptaciones de Austen fueron al año siguiente dos versiones casi simultáneas de Emma, una para cine con Gwyneth Paltrow y Toni Collette en los dos papeles femeninos importantes, y otra para televisión —que estaba mejor hecha—con Kate Beckinsale y Samantha Morton en esos mismos personajes. Por lo visto, la década del 90 ha sido prolífica en abordajes cinematográficos de Austen, porque en 1995 se filmó Persuasion con dirección de Roger Michell y un elenco donde figuraban eminencias en papeles menores (Fiona Shaw, Ciaran Hinds), y en 1999 se llevó al cine Mansfield Park, dirigida por Patricia Rozema, en cuyo reparto asomaba nada menos que Harold Pinter, que también fue actor aunque mucha gente no lo sepa.
La Inglaterra campestre de 1811 puede ser un bienvenido refugio para espectadores de un 2006 tan sacudido por calamidades y problemas. Sentarse en el cine ante esos cuadros retrospectivos es una manera de comprobar que casi todo tiempo pasado fue mejor.