Miguel Carbajal
A lo largo del año se seguirá celebrando a Truman Capote. La segunda y próxima película sobre el personaje literario que encarnó, como nadie, lo que Saer escribió sobre algunos aspectos del kitsch, continuará alimentando la máquina del marketing literario. De seguro no contará con la irreproducible autenticidad que alcanzó Philip Seymour Hoffman, pero como lo demuestran las murgas a diario y el teatro de revistas desde siempre el travestismo es una creatura que vende. Ahora se le perdona todo a Capote: es un genio, está muerto y Hollywood lo elevó a la condición divina.
Pero era difícil lidiar con él en su vida. La voz finita de nena de escuela estimulada por la maestra resulta ofensiva en vivo y en directo. Lo que no le producía complejos. El mismo se ufanaba de hacer dar vuelta a la platea entera de un teatro no bien articulaba una sola palabra. Por lo general malidicente, corrosiva, falsa. Saer recordaba en su nota sobre el kitsch (en su caso hablaba del kitsch gubernamental y decía verdades grandes como témpanos) que Hermann Broch había detectado los dos ingredientes básicos de "la mentira" del kitsch: la sangre y el almíbar, o viceversa. Ambos componentes estaban incrustados en la prosa de Capote. ¿Por qué lo aceptaron y le abrieron los brazos al sureño que por múltiples razones producía escándalos, cosechaba rechazos y era identificado con el escarnio público? Porque era un gay gracioso y complaciente que conocía el lenguaje secreto de la alta sociedad cuando actúa en clandestino. Porque fue recibido como efebo aunque en diez minutos se convirtió en un enano cabezón y sin pelo. Porque era una fuente sin fallas: si no lo sabía, lo inventaba. Porque ese muchacho de provincia, que cloqueaba en la redacción de New Yorker, se metía con todos los hombres y se aliaba por un segundo con todas las mujeres, era tan kitsch que escapaba a cualquier clasificación. Y porque era un buen amigo y un mal enemigo, aunque luego demostró lo contrario y terminó confinado como un leproso. Y porque durante muchos años lo rodeó el éxito, un ingrediente imponderable, escaso y vendedor.
El mejor Capote fue el peor Capote. Cuando se ensució más, manipuló más, reveló la raíz canalla de su egoísmo, escribió A sangre fría con sus niveles de perfección, y editó algunas de las obras maestras que contiene Música para camaleones. En la primera empresa hizo pasar por periodismo la crónica de un hecho real que tuvo sucios fondos de ficción, manejados por él a vista de todos pero fuera de la comprensión general. En el segundo demostró su talla de cuentista e hizo pasar por real una charla entre amigos, en torno a la promiscuidad, que él asegura haber tenido con Marilyn Monroe. Fue un reportaje falso —después de haber hecho reportajes verdaderos como el que le hizo a un Marlon Brando, que terminó usado y quedó furioso— cuando Marilyn estaba muerta, como estaban muertos todos los otros concurrentes a una fiesta en donde destapa bisexualidades varias. La Marilyn que aparece es tan real que de seguro era ficticia e inventada en su totalidad. Lo que exhibe como trofeo es un retrato, no un reportaje, hecho bajo el procedimiento trivial del intercambio: tú me cuentas un chisme, yo te cuento otro. La muchacha solitaria, indefensa, promiscua que terminaba en la cama de cualquiera cuando terminaba la noche, porque no podía dormir sola, parecía salida de una pieza de Mankiewicz. Fue tan astuto que también la mostró tierna y respetuosa de algunas pequeñas reglas sagradas. Tal cual la gente se imaginaba a Marilyn: una rubia fácil, desnuda, hermosísima y suave como la piel de un cordero.