Todos somos culpables

NO corresponde juzgar al Islam menospreciando sus cualidades y subestimando sus realizaciones históricas, y su actual potencial, por el solo hecho de asociarlo con la imagen que proyectan los devotos que están dispuestos a inmolarse y lograr la vida eterna en un paraíso poblado de vírgenes y abundante en goces sensuales. El Islam es más, mucho más que el terrorismo de Bin Laden y de sus imitadores, más que los ataques suicidas y que la lucha sangrienta entre chiitas y sunnitas. Su contribución a la filosofía, a la literatura, al arte arquitectónico, a las matemáticas, a la ciencia, etc., y la enorme significación del comercio que desarrolló entre Oriente y Occidente, durante los siglos de oscuridad de Europa, bastarían para infundir no sólo respeto y admiración sino, también, reconocimiento profundo por el aporte que efectuó a nuestra formación occidental.

DE todos modos, el Islam —vigente desde Indonesia hasta el litoral atlántico de Africa— no puede ser identificado con el terrorismo ni con las actitudes demenciales de algunos de su seguidores. Porque nada muy diferente a eso ha ocurrido con la civilización cristiana cuando esta tenía una antigüedad similar a la que hoy tiene el Islam, unos catorce siglos de existencia. No olvidemos, por ejemplo, ni los excesos producidos en la conquista de América ni los horrores de la esclavitud (en la que también participaron la sociedad y los mercaderes árabes) ni la Inquisición ni las extenuantes guerras de religión entre católicos y protestantes y aún entre sectas de este último signo. Por varios de estos hechos —que hoy catalogaríamos como delitos de lesa humanidad— el Papado de nuestro tiempo ha pedido perdón. Por añadidura, el occidente ha producido los horrores del hitlerismo y participado, junto a otras culturas, de las increíbles masacres comunistas. Nada de ello autoriza a descalificar "in totum" al Occidente, como se tiende a hacer con el Islam. El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.

Ello no significa, desde luego, cohonestar las barbaridades que cometen los terroristas islámicos ni avalar, obviamente, las protagonizadas por los regímenes totalitarios europeos, las guerras civiles africanas o las guerrillas centro y sudamericanas.

DESDE otro punto de vista, la tensión entre la cristiandad y el Islam ha sido acentuada por la deplorable actitud de un diario danés que publicó —y varios periódicos europeos las recogieron meses después— insidiosas caricaturas de Mahoma, una de ellas mostrándolo con un turbante convertido en una bomba a punto de explotar. Se ha defendido dicha expresión periodística como una manifestación lícita de la libertad de prensa. Otros, en cambio, la consideran como un simple desliz o como una guarangada. En todo caso, es algo tan irreverente como inoportuno, desubicado e irresponsable, dada la problemática imperante en el Cercano y Medio Oriente.

Creemos que la libertad de expresión es un valor supremo cuando la misma hace frente al peso del poder, cualquiera sea la naturaleza de éste.

Pero utilizarla para ofender un sentimiento tan profundo como es la fe religiosa, es pasarse de la raya, incurrir en soberbia y arrogarse una superioridad cultural que implica menospreciar a 1.300 millones de seres humanos que, en todo el mundo, consideran a Mahoma como "el último y el más grande de los profetas".

ACASO la libre expresión se respeta plenamente en occidente? ¿Acaso alguien puede propagar que es antidemocrático, antisemita, pro nazi (paradojalmente, puede ser anticomunista o abogar en favor de ese sistema liberticida) o decir cualquier disparate respecto a la discriminación racial, sexual o de otros tipos?

Se reconoce que la libertad debe tener límites. ¿Pero es necesario llegar al extremo de no fotografiar siquiera la cruz gamada inserta al pie del águila de bronce rescatada del hundido "Graf Spee"? ¿No estamos en el umbral de un fundamentalismo en la medida en que no nos guiamos por las luces de la razón sino por dogmas que nos apartan de ellas?

Quizá el temido choque de civilizaciones haya llegado. Quizá no. Porque lo occidental y lo islámico no son completamente ajenos entre sí: están interpenetrados. Los aportes musulmanes están incorporados a la médula occidental y enormes masas de ese origen forman parte de Alemania, Francia, España y otros países.

A su vez, lo occidental es componente esencial de lo islámico ya que lo dota de su ciencia y de su tecnología y, por ello, lo vuelve peligroso. En la era de la globalización, entonces, el choque se vuelve una guerra interna: las armas que habrá de emplear la parte más débil serán el terrorismo y el arsenal químico y bacteriológico.

EL futuro, pues, es sombrío pero no inevitable. Se trata de no exacerbar los ánimos y de adoptar medidas sensatas tendientes a eliminar imágenes estereotipadas, de irse de donde haya que irse y de reconocer lo que haya que reconocer. Y, sobre todo: emplear en esa impostergable tarea mundial, el formidable poder propagandístico de que se dispone, a toda hora, en todo lugar, para crear una nueva armonía universal.

Todos somos culpables, se decía en una antigua tragedia helénica.

Seamos conscientes de ello.

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