Beber lo que se quiera, pero no mezclarlo con el poder

FERNANDO VIVAS

"EL COMERCIO" DE LIMA/GDA. Se perdona la borrachera pero no el escándalo. Beber no es un delito ni un pecado, digo yo que lo hago poco y con cuidado. Pero cuando se hace a cada rato y la "tranca" se mezcla con el poder, los resultados suelen ser calamitosos. Si bebes no manejes un ministerio, menos las relaciones exteriores de tu país.

El canciller Oscar Maúrtua se pasó de copas y le dijo de todo un poco ("ahora yo estoy arriba y tu estás acabado", entre otras perlas) a una de las glorias de la diplomacia del Perú y del mundo, Javier Pérez de Cuéllar. Fue el pasado 14 de diciembre ante varios testigos en la sala VIP de un aeropuerto de Nueva York. El ex secretario general de la ONU no hizo nada al respecto hasta el 23 de febrero, cuando renunció a la Comisión Consultiva del Ministerio de Relaciones Exteriores. Eso puede ser especulación, pues Pérez de Cuéllar difundió el viernes pasado un comunicado en el que confirma los insultos, pero niega que tengan relación con su dimisión.

Vamos, los diplomáticos son funcionarios a los que no se les paga para que digan la verdad sino lo que estimen conveniente para las buenas relaciones del país.

No nos metamos en la intimidad de Maúrtua ni lo estigmaticemos como el Canciller Botella. Aquí solo interesan las cuchipandas privadas si el bebedor sale al fresco y expresa su ligereza o abuso de poder. Pues ambos se dieron. Puedo entender que tenga defensores que minimicen el incidente, pero no que apañen este vergonzoso mutis.

Con el silencio, Maúrtua dejará crecer la leyenda líquida. Y esta puede ser injusta y aplastar su carrera en seco. Que recuerde a José Bonaparte, rebautizado como Pepe Botella porque les caía mal a los españoles, que lo tuvieron de rey impuesto por su hermano Napoléon. De todos los célebres borrachos latinoamericanos escogeré uno para que nuestro canciller le diga salud en el espejo en el que medita: Carlos Arosemena Monroy, presidente de Ecuador entre 1961 y 1963, hasta que su gusto por el trago le jugó malas pasadas. Una vez llegó trastabillando a recibir a su homólogo chileno y en plena "tranca" se le ocurrió dirigir la banda militar.

Estamos en tierra de políticos dionisíacos, como Alejandro Toledo, que tienen al alcohol en su menú de poder. Por lo general no son dictadores, pues el trago va contra la disciplina despótica, pero su irresponsabilidad puede ser políticamente letal. Beban lo que quieran, pero no escupan en público ni esperen de los ciudadanos solidaridad con sus excesos, porque nos cuestan.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar