Desolada isla

Isaiah Berlin, el eminente historiador de las ideas, tan admirado por Vargas Llosa, escribió espléndidos retratos sobre personalidades de nuestro siglo. Por su singularidad revisten importancia aquellos de los escritores rusos, casi todos ellos perseguidos y muertos por el stalinismo; y otros, en el mejor de los casos, condenados al silencio.

Ciertamente, no eran muchos los que se atrevían a desafiar clanes y sectas escribiendo, entonces, de tales asuntos ni de aquellos autores cuyas obras estaban secuestradas. Tras la caída del muro de Berlín, las cosas fueron cambiando. Pero, de todos modos, uno de los pocos que nunca temió decir lo que sabía fue Berlin, el profesor de Oxford, a quien debemos espléndidos ensayos reunidos en su libro "Impresiones personales". En esas páginas dio cuenta de sus visitas a Rusia como funcionario temporal de la Embajada Británica en Moscú.

Isaiah Berlin señala que, en 1934, Stalin confió al Partido todo lo que tenía que ver con la actividad literaria. Unos aceptaron las reglas del juego, y, los que no las aceptaron, fueron arrestados y muertos, como, por ejemplo: Mandelstam, Isaac Bábel, Meyerhold, Pilniak, Kluyev. Debe decirse que, además, hubo suicidios de personalidades de la cultura como los de Mayakovsky en 1930, y la poetisa Marina Tsvetaevá, cuyos escritos personales podemos leer hoy en títulos como "Un espíritu prisionero".

El panorama era desolador en aquellos días, cuenta Sir Isaiah Berlin en los medios de cultura de la Rusia que conoció. A Boris Pasternak le obligaron a rechazar el Premio Nobel. Y la poetisa Anna Ajmátova respiró tranquila cuando, tras haber obtenido la libertad de su hijo, supo que su postulación al Nobel, realizada por poetas occidentales, había sido rechazada.

En Peredelkino, un atardecer a finales de otoño, Isaiah Berlin visitó a Pasternak, que estaba escribiendo "El doctor Zhivago". Entonces, Pasternak le comentó que él sabía que Meaterling y Kipling habían muerto, y entonces le preguntó si aún vivían H.G. Wells, Sinclair Lewis, James Joyce y Bunin. También le contó que había estado leyendo a Proust. Y cuenta Isaiah Berlin que, en cambio, Boris Pasternak no había oído hablar de Sartre ni Camus.

Once años más tarde de aquel diálogo, retornó a Rusia el pensador Isaiah Berlin. Visitó nuevamente a Pasternak, y así se enteró que la amiga del poeta, Olga Iviskaya, había sido enviada por cinco años a un campo de concentración. Pasternak, entonces, había terminado "El doctor Zhivago" y había pasado los derechos al editor comunista milanés Feltrinelli. Le contó que había leído La náusea, de Sartre, pero aún seguía sin conocer a Albert Camus y ansiaba saber si André Malraux seguía escribiendo.

En esa tertulia, agrega Berlin, se encontraba una maestra que había estado quince años en un campo de trabajos forzados, condenada por enseñar el idioma inglés; ella, tímidamente, le preguntó si "¿seguía escribiendo Virginia Woolf?" Nunca había visto un libro de ella, pero comentó que la conocía por una crónica que leyó en un viejo periódico francés que misteriosamente había llegado hasta el campo de trabajos forzados. Y esa misma tarde, la viuda del poeta georgiano Titzian Tabidze (él había perecido en la Gran Purga) "quiso saber si Shakespeare, Ibsen y Shaw seguían siendo grandes nombres en el teatro occidental".

Dice Isaiah Berlin: "Les dije a ella y a los reunidos todo lo que supe acerca de la literatura inglesa, norteamericana y francesa: era como hablar a las víctimas de un naufragio en una isla desierta, apartadas de la civilización durante décadas; todo lo que oían lo recibían como nuevo, emocionante y delicioso".

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