Malos vecinos

Miguel Carbajal

Cada bando tiene un portavoz cuyo destino personal depende de los resultados bélicos finales. Es mejor no hablar de Rosa de Tokio. Y Ezra Pound terminó encerrado en una jaula para que además del castigo le sobreviniera el escarnio. ¿Adónde irán a parar los voceros argentinos del belicismo actual? Hicieron una película sobre Las Malvinas, demagógica y con el ojo puesto en los premios internacionales, por eso la enviaron al adecuado Goya, para que los españoles pudieran desquitarse de ese grano inglés que tienen en la cara, Gibraltar. Pero se niegan a efectuar un análisis serio del tema.

Lo lamentable no fue que Galtieri, en plena borrachera, saliera al balcón de la Casa Blanca a comunicar la buena nueva. La imperdonable fue la falta de madurez, el apasionamiento de la respuesta argentina. A ese ser enfermo que en dos días antes había ordenado masacres estudiantiles en la Plaza de Mayo, los propios estudiantes se volcaron otra vez en la Playa de Mayo a enaltecerlo como un Dios. A los argentinos que salieron a reclamar cordura los trataron con prepotencia, los acallaron, los repudiaron. Los metieron en una jaula como Ezra Pound. El episodio fue tan ridículo que le borraron el nombre a la Torre de los Ingleses, le amputaron una parte a la Franco Inglesa y salieron a rechazar ese "look" inglés en la vestimenta y en los hábitos que había constituido su mayor orgullo cultural. Se abrieron el pecho y se sacaron el corazón británico que llevaban dentro.

Veinte años después lo han recuperado y son más fanáticos de los Rolling Stones que nadie en el mundo y se enternecen hasta las lágrimas porque una de las hijas de las Trillizas de Oro salió en una foto al lado de un Windsor. La anglofobia pasó. Ahora hay que buscar otra víctima. Ya superaron el síndrome chileno, sus enemigos durante mucho tiempo. Hoy les tienen miedo. No les hubieran hecho a ellos, por cierto, el corte de ruta que Busti con su cara de Mona Lisa propicia y Kirchner en uno de sus desmanes habituales alienta en el litoral con el Uruguay. Cuando la Guerra de las Malvinas, lo que les preocupaba no era la Armada Británica, porque pensaban que no harían ese largo viaje; desconocían a la Thatcher y no tenían la menor idea de cómo funciona la geopolítica anglo-americana. Les inquietaban los chilenos con su fama de guerreros imbatibles que se ganaron cuando sometieron a Perú y Bolivia, de un saque, en la Guerra del Pacífico. Y porque todo el sur argentino está en manos de los peones chilenos, los esforzados nativos de Chiloé que aprendieron a disfrutar la australidad.

Y no es un comentario gratuito. Me lo hicieron a mí decenas de personas cuando recorrí la zona por los diferendos del Beagle y me tocó luego cubrir la Guerra de las Malvinas en un clima desaforado de nacionalismo argentino. Ese pueblo convalidó a Galtieri, aplaudió el envío de conscriptos sin formación, armas, ropa ni comida a los escenarios polares; se creyó las mentiras de un triunfo imposible. Abandonó el sentido común y trató de traidor a quien no pensara de la misma manera. De esa forma silenció a todos. Ahora pretenden malvinizar el tema de las papeleras. Como les dijo el ex presidente Sanguinetti en una entrevista por televisión, lo que pretenden disfrazar de emoción es un tema científico, evaluable. Y hasta tanto no cese el hostigamiento al cruce de los puentes sólo primará la falta de derecho. ¿Se sienten valientes porque le pueden hacer al pequeño Uruguay lo que considerarían un atentado a la soberanía nacional si se lo hicieran a ellos? Son grandes, bravucones, inmaduros, pocos confiables. Y amigos de propasarse con los chicos. ¿No les da vergüenza? Que se prepare Haití que es más pequeño que nosotros, aún. Algún día se aprovecharán de ellos.

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