"El Interior no es algo homogéneo"

| Ganadora del Florencio al Mejor Autor Nacional con "Vacas gordas", la dramaturga habla sobre sus obras, y particularmente sobre "El disparo", que ayer estrenó El Galpón. También analiza la relación entre la capital y el resto del país, y cómo han sido representadas sus obras en uno y otro lugar

CARLOS REYES

Ayer se estrenó en la Sala Cero de El Galpón El disparo, obra de Estela Golovchenko que fue premiada en el concurso de dramaturgia de la IMM. Su autora había ganado en 2002 el 1er. premio de dramaturgia de la Cofonte con Vacas gordas, que César Campodónico llevó a escena en la Sala Atahualpa, conquistando también el Florencio al Autor Nacional. Esa suma de éxitos puso en boca del público el nombre de esta dramaturga que nacida en San Javier, departamento de Río Negro, representa de alguna manera una mirada desde el interior del país hacia la capital, es decir, una actitud contraria a la visión centralizada que suele imponer Montevideo.

Nacida en 1963, la escritora vive desde 1986 en Fray Bentos, año en que ingresó al grupo teatral Sin Fogón. Desde 1997 ejerce la docencia de arte escénico contratada por el MEC, y actualmente tiene a cargo los talleres municipales de teatro de Fray Bentos y Young. Para saber más sobre este talento emergente, El País entrevistó a la artista, que dio detalles sobre sus obras.

—¿Cuándo escribió "El disparo" y por qué?

—Nunca sabemos exactamente por qué abordamos determinados temas, seguramente porque algo nos conmueve y deseamos expresarlo. El disparo aparece a partir de un ejercicio de escritura que había quedado en un cajón. Sin embargo, cuando empecé no sabía en qué iba a terminar. Primero aparecieron imágenes, situaciones y luego los personajes se fueron construyendo a sí mismos hasta que llegó un momento en que comenzaron a hablarme en el oído. Con la experiencia he comprobado que los personajes van creando su propio conflicto.

—¿Cómo es la obra desde el punto de vista formal?

—Está fragmentada y tiene un juego de intriga que intenta sostener la trama. Lo que sucede, sucede en tiempo real, pero hay cosas que pasan por dentro y otras que van por fuera. Lo que busco concienzudamente es la síntesis. Trato de poner lo que realmente hace al sentido, y suprimo aquello que me parece superfluo, incluyendo personajes, escenas y acotaciones.

—¿Guarda alguna relación esta obra con "Vacas gordas"?

—No, excepto, tal vez, por el corte policial que sin proponérmelo surgió. Y, al decir de un compañero de El Galpón, parece que no sé escribir para más de dos personajes. Esto no es así. He escrito obras con más de dos personajes, aunque pensándolo bien las escenas siempre rondan entre dos. No me lo he cuestionado seriamente, pero o no me da la cabeza para pensar por muchos a la vez, o los terceros no tienen nada que decir.

—¿Siente que su escritura representa al Interior?

—No, para nada. El Interior es tan amplio y variado. Cuando decimos Interior, no hablamos de una cosa sola. Me parece injusto que se hable del Interior como algo homogéneo. Es como cada barrio de Montevideo. Cada lugar tiene una problemática diferente. Pero sí, obviamente que tengo un lenguaje del Interior, pero fraybentino, en todo caso. Cuando el jurado de la Cofonte leyó Vacas gordas creyó que el autor era de Montevideo y que el frigorífico al que aludía era el del Cerro. Los únicos que se jugaron por que era un autor del Interior fueron los del jurado que representaba a los del Interior. Eso me parece interesante porque demuestra muchas cosas.

—¿Qué temas le atrapan?

—Los temas son siempre los mismos en la historia de la humanidad: amor, muerte, justicia. Pero lo que me atrae es contar una historia, cruzar los caminos de los personajes. Creo que los seres humanos nos inventamos modos de supervivencia para sostenernos cuando nos ocurren cosas demasiado dolorosas. Son mecanismos para compensar vacíos afectivos. Me indigna la injusticia y me duele la impotencia de no poder cambiar situaciones injustas. Entonces agarro esos personajes indefensos y los convierto en héroes. Creo que no les perdonamos a los personajes determinadas cosas que en la vida sí les perdonamos a las personas. En la vida somos capaces de aceptar las injusticias más atroces sin chistar. En la ficción somos mucho más exigentes que en la realidad. Por eso me resulta muy gratificante el poder que da la creación literaria. Es mi forma de compensar.

—¿Cómo le llega ver sus obras representadas?

—Lo más interesante para un escritor dramático es la posibilidad de ver su texto a través de la cabeza de otro, cosa que otro tipo de escritor no puede experimentar. El director y los actores filtran a su modo cada palabra, cada gesto, con una impronta particular que le da brillo a todo lo que parecía opaco. Uno redescubre la obra, y si bien su contenido es el mismo, hay algo que lo vuelve extraño, como si fuera ajeno. Es como volver a enfrentarse al espejo, pero uno ya no es el mismo.

—¿Qué diferencias encontró entre las dos versiones de "Vacas gordas" que se han hecho hasta ahora?

—Tuve la suerte de ver esa obra en la versión del Teatro Sin Fogón y en la de El Galpón. Fueron diferentes. La versión nuestra fue más nostalgiosa, más emotiva. La galponera pegaba con otro tipo de humor. Algunos fraybentinos que vieron la de El Galpón me comentaron que les chocaba que el público se riera en determinadas escenas. Lo que pasa es que a nosotros, que lo vivimos en carne propia, no nos hacía mucha gracia. Me gustaron las dos propuestas.

—¿Qué es lo más logrado que tiene "El disparo"?

—El público lo dirá: la gran bestia con la cara oscura, como decían los actores de otros tiempos.

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