El camino de la madurez artística

| El arte de Viera tiene una raíz torresgarciana que a su vez el propio artista altera y contradice

J.A.

En el espacio que tiene la Galería de las Misiones en pleno centro de Punta del Este (Calle 24 esq. 29) acaba de inaugurarse una exposición de pinturas y objetos en madera de Sergio Viera. Ese plástico, que mantiene asimismo una actividad como docente en su taller montevideano, suma este nuevo aporte a la muestra que en estos días abre paralelamente en la República Dominicana, lo cual es un indicio de la proyección internacional conquistada por su obra. De paso, los trabajos que expone en Punta del Este son reveladores de un sereno (pero constante) proceso de desarrollo de su modalidad.

Es que los cambios han sido graduales en la pintura de Viera, al punto que se necesita un conocimiento bastante amplio de esa producción y un registro más o menos prolijo de sus etapas a lo largo del tiempo, para constatar una evolución que en todo caso no es de sustancia sino de forma expresiva. Porque su sello personal ha ido flexibilizándose discretamente, como si la línea se soltara ahora con más gracia, más intención y más libertad que antes. El dato permite apreciar los niveles de control y de creciente dominio con que Viera resuelve hoy sus diagramas, esa urdimbre de raíz torresgarciana que ha elegido luego la alternativa individual de la desobediencia, es decir que ha optado por un cauce independiente de desenvoltura para caminar por cuenta propia.

Los trabajos del artista eran hace unos años más sosegados, estaban regidos por un manejo de signos cuyo rasgo habitual era la fijeza, envueltos por zonas libres que resultaban igualmente apaciguadas. Ahora su modalidad se ha vuelto más dinámica y de trama seguramente más rica, como si la recorriera un impulso vitalizador donde los signos ya parecen entidades flotantes en medio del brío con que se los anima desde la línea negra que los configura en el espacio o a partir de la mancha que los separa del fondo, trabajado ya con otro detenimiento y otro deleite.

Como ocurre con la progresiva comodidad que alguien siente a medida que conoce los ámbitos físicos donde vive, este pintor ha alcanzado el pleno control de las superficies en que repara su ojo sensible, gobernándolas con creciente naturalidad. Hace algunos años, ya se había señalado que el lenguaje de Viera sabía atenerse y a la vez desprenderse del legado indirecto que recibía de Torres. Ahora esa confluencia es apenas un dato referencial en medio del placer que convoca la contemplación de su obra. En última instancia, la estima que despiertan esas propuestas deriva del camino juicioso, la serena convicción y el empeño —más cercano a la tenacidad que a la impaciencia—con que el pintor ha sabido marchar hasta esta etapa de bienvenida madurez.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar