En 1957, Atahualpa del Cioppo fue invitado por la Comedia Nacional para dirigir El jardín de los cerezos, y el resultado fue un Chejov muy discutido. Se comentó entonces que parte de los problemas del montaje radicaba en los diferentes modos de trabajar que tenían El Galpón y la compañía municipal. A partir de hoy, con el estreno de El disparo, se podrá ver el caso inverso: un artista del ámbito oficial dirigiendo —en su licencia— en la mayor compañía de teatro independiente del país.
"Hace años que estamos coqueteando con El Galpón —declaró a El País Jaime Yavitz—, y lo fuimos postergando hasta que se dio. Para mi El Galpón tiene un valor especial, porque le debo mi gran pasión por el teatro. Fue asistiendo a puestas como El centroforward murió al amanecer (donde un cambio de luces podía comunicar tanto), que descubrí la magia del teatro. Incluso cuando empecé a estudiar teatro yo me fui a anotar a El Galpón, que estaba en la calle Mercedes, pero nadie me atendió y terminé anotándome en el Circular. Después me enteré que tendría que haber ido por la calle Roxlo, que era por donde atendían. Ahora me queda pendiente dirigir en el Circular, algo que he hablado con Mary Varela y tenemos intención de concretar".
ESCENIFICACION. Escrita por Estela Golovchenko, El disparo trata de la relación entre una mujer madura (a cargo de Graciela Escuder) y un joven que ha entrado a su casa (Federico Galemire). La obra, que fue premiada en el concurso de dramaturgia de la IMM, trabaja en diversos planos de realidad, transitando temas como la justicia, la culpa, el perdón y la venganza, pero no como categorías abstractas sino desde una posición netamente vivencial.
Esos aspectos ya se habían reflejado en el primer trabajo de esta autora, Vacas gordas, que ganó como texto el 1er. Premio de Dramaturgia de la Cofonte en 2002, y al ser llevada a escena por César Campodónico obtuvo el Florencio al mejor texto nacional. "El disparo tiene una escritura extraña —afirma Yavitz—, que recuerda a las primeras obras cortas de Pinter. Está construida en cuadros, pero yo no quiero ser oscuro y le voy a dar continuidad, buscando siempre la evolución de los personajes. Afortunadamente a los actores los conozco bien: con Graciela Escuder trabajé en La máquina rota y con Federico Galemire en Damas y caballeros, ambas de Jacobo Langsner".
En cuanto a los aspectos materiales, Yavitz debe enfrentarse a la pequeña Sala Cero, un espacio que él no tiene reparos en definir como "muy complicado, principalmente porque no tiene entrecajas. Pero lo tomamos como un desafío, y lo importante es cómo se solucionaron esos problemas. Por otro lado, en la Comedia Nacional hubo salas muy difíciles, como la Zavala Muniz, así que estamos acostumbrados. O sea que si hay algún problema técnico es porque no supe solucionarlo, no por las características de la Sala Cero. Porque las salas teatrales en general no cambian y los directores sí".
"En cuanto a la escenografía, —finaliza el director— si bien hay pocos elementos, porque no quisimos poner por poner, tampoco quisimos dejar vacíos los 15 metros de ancho del escenario. Por otro lado esta sala tiene la ventaja que tenés al público a un metro de distancia, con los actores casi encima, y hay que trabajar desde allí.