Odisea en el tiempo

Mientras que desde el Jardín Botánico de la Isla de Kitchener llegan los cantos de miles de aves, en uno de los extremos de isla Elefantina, aún se aprecian vestigios de varios templos dedicados al dios Khnum y a los faraones Tutmosis III y Amenofis III

Manece en Aswan y el crucero que nos llevará río arriba hacia Luxor nos aguarda. Con un día a favor antes de la partida, se impone un paseo en felucca –típica embarcación a vela. A lo largo del recorrido, la tranquilidad de este "río caído del cielo" nos envuelve. La pequeña embarcación zigzaguea rodeando la Isla Elefantina —así denominada por una roca con forma de elefante ubicada en uno de sus extremos— mientras que desde el Jardín Botánico de la Isla de Kitchener llegan los cantos de miles de aves. En uno de los extremos de isla Elefantina, aún se aprecian vestigios de varios templos dedicados al dios Khnum y a los faraones Tutmosis III y Amenofis III y el nilómetro –una empinada escalera que se sumerge en el Nilo con varias inscripciones que permiten medir la crecida del río.

Recuerdos del pasado. Cae la tarde y la costa se ilumina; muy cerca se aprecian las terrazas del hotel Old Cataract —carísimo y antiquísimo— que supo alojar a Agatha Christie durante una temporada y desde cuyas románticas terrazas la novelista escribió "Muerte en el Nilo". Enfrente, las lucecitas de colores del restaurante nubio Al-Dokka, ubicado en una pequeña isla, se preparan a recibir a la lancha que trae los primeros comensales de la noche. El hermoso sonido de las feluccas cruzando las aguas nos acompaña hasta nuestro camarote y es el preludio ideal para un descanso reparador.

Un nuevo día nos lleva al embarcadero para visitar la Isla de Filé - que alberga el templo greco romano construido por orden de Alejandro Magno para rendir culto a las divinidades de Egipto. Cientos de barcas a motor pululan por el río, recorriendo el tramo hasta uno de los templos más hermosos del valle, dedicado a la tríada sagrada de la diosa Isis, su esposo Osiris y su hijo Horus.

El recorrido finaliza en el extremo norte donde se encuentra una estructura incompleta de 14 columnas con una armonía arquitectónica perfecta: se trata del kiosko de Trajano que ofrece una de las mejores vistas del río Nilo.

Postales de a bordo. De vuelta a Aswan el crucero emprende su marcha por el río y las postales se suceden: las márgenes de un verde intenso, el papiro creciendo en las marismas, los cruces ocasionales de las feluccas y el trabajo de los agricultores son solo algunas de ellas. Cae el sol y mientras se sirve un delicioso té con menta en cubierta, la silueta del templo de Kom-Ombo se dibuja en el cielo teñido de naranja por el atardecer. El complejo –cuyo nombre significa colina de oro- está construido sobre una elevación y tiene la particularidad de contener dos templos gemelos, uno dedicado al dios Sobek (cocodrilo) y el otro a Horus (halcón). A la salida, un enorme mercado ofrece todo tipo de telas y vestimentas típicas.

Sinfonía inconclusa. La mañana siguiente nos sorprende en Edfu y, en medio de un ir y venir de hermosas calesas tiradas por caballos, nos dirigimos a visitar el templo dedicado al dios Horus. Al igual que en otros templos, las maravillas abundan pero vale la pena detenerse frente a la hermosa escultura de granito del dios Horus. Es imperdible la visita al santuario con un tabernáculo de monolito en perfecto estado de conservación y recorrer las escaleras que miles de años atrás subieron los sacerdotes para observar el río sagrado. Abandonamos Edfu hacia nuestra próxima parada: Luxor.

Desembarcamos –literalmente- en el hotel Winter Pavillon con sus interminables jardines babilónicos y su señorial edificio que no hacen sino sumarse al espiritu casi europeo de esta ciudad cuya corniche –o rambla- parece sacada de un pueblito de la riviera francesa. La postal sería coherente si a pocos pasos no se alzaran los templos de Luxor y Karnak, dos hitos de la civilización egipcia y como telón de fondo de lo que alguna vez fue la capital del imperio tebano, la inmensa montaña que alberga el Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas.

Karnak se asemeja a una sinfonía inconclusa: durante más de 20 siglos, casi 50 faraones fueron ampliando la obra buscando dejar su huella. Como resultado, el inmenso complejo posee hoy estatuas, columnas, templos, templetes y hasta un lago sagrado construido artificialmente y alimentado con las crecidas del Nilo. Champollion dijo: "De todas las palabras, cualquiera sea la lengua, Tebas es la más grande". Esto es innegable en la capital tebana: el silencio engaña…en otros tiempos, más de 80.000 personas habitaban esta ciudad que vibraba con los trabajos del campo, las doncellas decorando sus casas y los sacerdotes realizando sus rezos.

El vecino templo de Luxor poseía -en su entrada- seis estatuas de Ramsés II y dos obeliscos –uno de los cuales fue regalado a Francia y hoy se vé en la Place de la Concorde en Paris. A la izquierda del Patio de Ramsés II se encuentra la mezquita de Abu el Haggag y se aprecia la entrada original de la misma ubicada a varios metros de altura, indicando donde estaba el nivel del suelo en el siglo XIX.

Al abandonar el templo, el atardecer propicia la visita a las múltiples librerías y casas de recuerdos que adornan la animada rambla.

Cae la noche, el manto de sombra reposa sobre el desierto, los oasis, las ciudades y, por supuesto, el Nilo que, a esta hora del día, refuerza su misterio y magnetismo milenario.

g. marabotto

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