PAYSANDU | CARLOS MONTAÑO
El cubano nacionalizado uruguayo Richard Matienzo se mostró tal cual es y confesó una serie de hechos que van más allá de su papel como basquetbolista. Sus vivencias y el lado humano los hizo notar con fina sensibilidad.
—Hace ocho años que actúa en el básquetbol uruguayo, ¿por qué no alcanzó el buen marketing que desean tener la mayoría de los deportistas?
—Créame que eso no me interesa. Cuando llegué a Uruguay en 1998, me propuse pura y exclusivamente hacer el mejor baloncesto posible. Mis contratos los manejo yo. Le digo más: competí en la Liga de Argentina y tampoco se le dio importancia. Ya estoy acostumbrado a ser poco promocionado. Insisto, ello no me quita el sueño.
—¿Ese perfil bajo que exhibe es algo adquirido o una característica de su personalidad?
—Desde chico soy así. Vengo aquí hace años a realizar mi trabajo y a buscar la comida para mis gurises. Provengo de una familia de clase bien baja. En mi casa siempre fuimos muy humildes.
—¿Cuándo se fue de Cuba?
—Abandoné a la selección cubana en 1994 en Toronto durante el campeonato mundial. Me quedé un tiempo en Canadá y luego viajé hacia Miami. Allí me encontré con mi padre. Los contactos me llevaron a jugar en las ligas de Puerto, República Dominicana, Argentina y Uruguay.
—¿Que lo condujo a emigrar?
—Quería echar "palante", realizarme como persona, no seguir tan limitado, conocer otras cosas y ayudar económicamente a mi familia.
—¿Con qué se encontró en Miami?
—Con gran cantidad de cubanos que también habían emigrado y parte de mi familia que estaba disgregada por la ciudad. Ahí se me abrió y amplió el espectro. Hallé un camino para seguir. En ese camino aprendí muchas cosas que no tenía y que pasan por el lado espiritual. Ahora sé que no hay techo y hasta dónde puedo llegar si me lo propongo.
—¿Cómo se compone su núcleo familiar?
—Soy divorciado y tengo cuatro hijos. Dos están en Cuba y los otros dos en Estados Unidos. A los que viven en Cuba y a mi madre, hace doce años que no los veo. Cuando termine la Liga Uruguaya regresaré a Cuba. Por una sumatoria de factores recién ahora se dio la oportunidad de volver a mi país. Tendré que arreglar en veinte días lo que no pude hacer en doce años. Si Dios lo permite y está todo tranquilo, podré disfrutar tranquilo de todos mis seres queridos. Nadie puede imaginar lo que he sufrido. Me ven sonriente en la cancha y de repente piensan que estoy bárbaro o me pagan fenomenal, te dicen que tenés que jugar siempre bien y punto. Pierden de vista el sentido humano.
—¿Es oriundo de un país en el cual se forma bien a los basquetbolistas? ¿A que edad empezó a jugar?
—Aunque cueste creerlo empecé a los 17 años. No sabía ni siquiera que existía el básquetbol. Antes hice otros deportes. Dos años de lucha greco-romana, dos de boxeo y otros tantos años de judo. De muchacho me movía únicamente en esa área.
—Dos por tres tiene encontronazos. Cuando sus rivales se enteren de esto se van a cuidar de usted.
—Los que compiten realmente en los deportes de combate no son para nada agresivos. Son los tipos más tranquilos que hay.
—Usted se vio involucrado en algunos incidentes con jugadores.
—Se dan esos mano a mano verbales y en contactos físicos, pero no con la intención de sacar una ventaja antideportiva. No soy de quejarme, pero ya que toca el tema le digo que hay quienes me provocan bastante y con insultos más que obscenos. Esas incidencias pareciera que nadie las ve. No me gusta pelear y tampoco soy un gran peleador. Sé defenderme cuando es necesario.
—¿Cómo han sido los últimos años en lo personal?
—Cuando termina la temporada en Uruguay me voy a Estados Unidos a trabajar, a ganarme unos pesos como cualquier laburante. No soy millonario ni poseo cuentas grandiosas en un banco. Soy un sobreviviente como todo buen trabajador.
—¿Le agradan los uruguayos?
—La gente es buena, pero este es un medio demasiado tranquilo para mí. Vengo de otra cultura. Por más necesidades que haya, considero que la vida hay que vivirla con alegría, mentalidad ganadora y plenamente, valorando lo que se tiene. Facundo Cabral dice en un fragmento de una de su canciones algo que sintetiza lo que pienso al respecto: "Con dinero sólo se compra lo barato. Lo bueno no tiene precio". Siempre trato de buscar lo positivo de los amigos y de los enemigos también.
—Acá se dice que usted es un tipo tranquilo, que no sale de noche.
—En Montevideo me sucedió más de una vez que me acusaron de haberme emborrachado por estar tomando un vaso de cerveza. Aquí no salgo por eso. En pueblo chico, infierno grande. Me tomo mi copa, pero en el sitio y hora apropiados.
—¿Qué cambios notó al irse a Paysandú después de vivir tantos años en el barrio Nuevo Malvín de Montevideo?
—No recorrí mucho en Paysandú. Percibo imágenes encontradas. Por un lado los lugareños son tranquilos y por el otro, en cosas que despiertan pasión, no consiguen canalizar la ansiedad. La gente no debe tomarse las cosas con tanta angustia. Sentir el deporte y calentarse es normal, pero no hay que pasarse de la raya como a veces sucede. Los espectáculos son hermosos y hay que gratificarse.
—¿Que le ha pasado al equipo de Paysandú?
—El de esta temporada es un cuadro nuevo. No estamos tan mal como para llorar. Aún podemos reponernos. En el torneo local ocupamos una posición en la que nosotros mismos nos pusimos. Tenemos que salir de ese lugar con valentía. A propósito, la Liga Sudamericana nos va a servir a los más veteranos y los que están creciendo. En el ámbito internacional es otro el tipo de juego, te obligan a ser inteligente. Es lo que el mundo nos trae, el baloncesto que tenemos que aprender a jugar. Es los últimos años Uruguay ha mejorado su nivel, pero necesariamente hay que ser humildes y aprender de los demás.