El rescate por parte de un grupo privado de buzos uruguayos de una enorme águila nazi de entre los restos del buque alemán Graf Spee, vuelve a plantear en Uruguay el problema de qué hacer con el patrimonio arqueológico que se encuentra hundido en nuestras costas.
Cada vez que se produce un hecho de estas características, comienza a escucharse el tire y afloje entre empresarios, arqueólogos y miembros de la Comisión de Patrimonio, sobre cuál debería ser el destino de lo rescatado.
Debido a la gran riqueza de restos arqueológicos en las aguas uruguayas sería deseable que de una vez por todas los sectores interesados en este tipo de actividad llegaran a un acuerdo definitivo sobre este tema, que diera un marco de estabilidad y previsibilidad a la búsqueda del patrimonio subacuático.
Sobre el tema existen posiciones drásticamente encontradas. Por un lado están los defensores a ultranza de la conservación "in situ", de este tipo de bienes, que es lo que propone la convención de la Unesco, que Uruguay no ha ratificado. Por otro están los buscadores profesionales, los cuales se mueven puramente por un afán de lucro, lo cual a veces puede no ser lo mejor para preservar la riqueza arqueológica.
Como siempre, los extremos no son buenos. Cabe preguntarse cuál es la utilidad de mantener esos bienes de gran valor histórico y material en el fondo del mar, donde nadie puede disfrutarlos ni estudiarlos.
Tampoco parece inteligente considerar mala palabra el afán de lucro de los buscadores, si eso puede traer como contrapartida una riqueza material o arqueológica para el país. Recordemos que la ley estipula que el 50% de lo rescatado pertenece al Estado.
Ya que el Estado no tiene recursos para realizar estas tareas, ¿no sería más razonable fomentar la búsqueda por parte de actores privados?. Con una reglamentación clara, y reglas justas (y bien controladas por las autoridades), se podría aprovechar el impulso privado, y luego que gente capacitada decidiera según normas bien definidas, qué cosa debe quedarse en el país y qué cosa puede venderse, y con lo producido fomentar, por ejemplo, la enseñanza de la arqueología submarina, o la creación de un museo para exhibir los objetos rescatados.
Lo que si no parece lógico es que ambiguamente se tolere la búsqueda por parte de privados, para luego de que han hecho fuertes inversiones, abrumarlos con el peso de la burocracia, y que los tesoros rescatados terminen en el fondo de un galpón donde nadie los pueda apreciar.