FERNANDO MANFREDI
El anfitrión guía por los patios y corredores del Instituto Juan XXIII, parece que estuviera haciendo un rodeo y de hecho eso es lo que hace, luego de trasponer una especie de patio cerrado, una puerta anónima, casi desapercibida se abre para permitir el ingreso al espacio donde se encuentra el motivo del encuentro. Se trata del órgano electroneumático Walcker de 1956 que acaba de ser restaurado y muy pronto podrá ser escuchado por el público en una serie de recitales que han sido programados para los próximos meses.
Un fuerte y embriagador aroma de roble emana del gigante adormecido mientras Sebastián Gossio (29,) maestro organero y responsable de la restauración, cuenta acerca de su trabajo, tal vez uno de los más originales que se pueden efectuar en el país y también de los más delicados.
El órgano es un instrumento de viento con juegos de tubos que, pulsadas unas teclas, cantan al soplo del aire que en el caso particular del Walcker es producido por una turbina. "El aire impulsado hacia el órgano entra en listones de madera que tienen pequeñas bolsitas que son infladas todas al mismo tiempo. Cada bolsita corresponde a un tubo. Los tubos están agrupados en familias y cada familia corresponde a un sonido distinto" —señala Gossio mientras comienza a hacer sonar el instrumento desde la consola—. La consola, que es el lugar que ocupa el organista durante las ejecuciones tiene dos teclados. Cada uno de los teclados responde a una parte del órgano y cada uno de ellos es en resumen, un órgano distinto dentro del conjunto del instrumento.
Hay a los pies del ejecutante una pedalera que permite emitir los sonidos graves. El organista puede seleccionar los sonidos por los registros que tiene encima del teclado y que se visualizan en forma de botones. La parte sonora del órgano son los tubos y cada tubo da una sola nota que es emitida con el ataque. Hay dos especies de tubos: los de boca y los de lengüeta. El timbre que cada uno de ellos posee depende de su tamaño, pero la calidad de su sonido depende además de la anchura de la boca, su altura, la posición del bisel, el diámetro de la abertura del pie, la presión del aire y en forma importante del material. Los tubos se construyen de metal y de madera, los de metal son de cinc y también de una aleación de estaño y plomo.
PRACTICO. Es lógico preguntarse cómo en un país donde un órgano puede permanecer durante tres décadas en silencio alguien pueda convertirse en maestro organero. "Cada caso es particular, en el mío —yo soy además afinador de pianos—desde pequeño estudié música (piano, luego órgano) y me interesé por el aspecto técnico al ver trabajar a los afinadores que iban a mi casa, luego empecé a trabajar para mis amistades y así me fui haciendo conocido".
El órgano es una obra de arte y de ingeniería que demanda la presencia permanente de un profesional que pueda ejercer la tutela y cuidado del mismo, sin desmedro de afinarlo y sustituir los elementos que se van desgastando con el paso del tiempo. "Cuando comencé mis estudios este instrumento estaba muy venido a menos. Habían pasado cerca de diez años sin que nadie lo tocara o se le hiciera algo. Yo solicite que se me permitiera trabajar en él, lo puse en condiciones y a mi profesora, Cristina García Banegas le gustó y me recomendó para afinar al órgano de la catedral de Paysandú y así comenzó mi carrera. Este año tuve la suerte de que el Fondo Nacional de Música (Fonam) me proporcionó una beca para ir a Alemania y allí me especialicé en la construcción de tubos de metal, trabajando además sobre entonación y afinación".
Los resultados de un impecable trabajo, mezcla de pasión y amor por el instrumento están a la vista: el Walcker luce como en sus mejores tiempos visual y auditivamente, Sebastián Gossio artista y artífice es el responsable del milagro pero reconoce que este trabajo no hubiera podido concretarse sin el apoyo del Padre Daniel Sturla, el administrador Antonio Carvalho y el resto de la comunidad de salesianos del Juan XXIII.