Un método inaceptable

Jorge Abbondanza

Cuarenta y dos presos se han declarado en huelga de hambre, treinta y dos de los cuales deben ser alimentados mediante una sonda que les fue insertada sin utilizar anestesia y sin limpieza previa, según informan los cables de AFP y AP. Eso ocurre en el Campo Delta, centro de detención que Estados Unidos mantiene desde enero de 2002 en su base naval de Guantánamo, sobre la costa oriental de Cuba. En el Campo Delta hay actualmente unos 500 presos, todos ellos sospechosos de pertenecer a redes terroristas y mayormente detenidos en Afganistán. Esa cárcel de máxima seguridad llegó a alojar a 750 individuos, aunque en estos cuatro años de funcionamiento han sido liberados unos 180, incluidos ancianos y niños. Las condiciones de reclusión en ese centro son alarmantes —prisioneros vendados, arrodillados, encadenados de pies y manos, incomunicados con el mundo exterior— y por eso las Naciones Unidas y las organizaciones de derechos humanos más notorias (Amnesty International, Human Rights Watch) han denunciado la situación y afirman ahora que "la huelga de hambre en Guantánamo es el índice de la desesperación de unos detenidos que perdieron toda esperanza de conocer algún día la suerte que les espera".

Porque lo peor de todo es justamente esa suerte. Los presos son mantenidos por tiempo indeterminado en un limbo legal, sin asistencia letrada ni tribunal que se ocupe de juzgarlos, al margen de todo amparo jurídico y sin que se apliquen las normas de la Convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra. Al retenerlos fuera de territorio norteamericano, el gobierno de Estados Unidos elude la obligación de someterlos a juicio dentro de ciertos plazos. Sólo 9 de los 500 detenidos han sido formalmente acusados hasta la fecha. El resto sigue al margen de todo procedimiento, toda garantía y todo derecho. Como señaló un editorialista montevideano al cumplirse cuatro años del funcionamiento de Guantánamo, "la primera potencia mundial, abanderada de la democracia y del estado de Derecho, los mantiene sin el debido proceso, y eso convierte a esta fecha en un triste aniversario".

Es más grave que eso. La excusa de que los prisioneros son posibles criminales no autoriza a emplear unos métodos que terminan copiando la mentalidad que se pretende combatir, igualando así al carcelero con el presidiario. Porque al enfrentar una amenaza utilizando los mismos recursos que maneja el culpable, se demuestra que la perversión de los terroristas ha contaminado a sus represores en lugar de inmunizarlos. En Guantánamo, los militares norteamericanos cometen los mismos excesos de ciertos regímenes que dicen repudiar, aunque lo hagan en nombre de la libertad y la democracia. Esos excesos inutilizan el significado de la lucha, desmienten los pronunciamientos que buscan legitimarla y niegan los principios que la retórica oficial enarbola desde Washington en sus discursos, vaciándolos así de todo sentido.

La gran pregunta que queda en el aire es si la opinión pública norteamericana tomará conciencia de esa desfiguración de los valores y los principios que tanto se han invocado en su país y que ahora se están perdiendo.

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