Nada menos que Graham Greene dijo de Saki que era el más grande humorista inglés del siglo XX. Y nadie salió a rebatírselo. Es imposible decidir si Greene incluía o no a Oscar Wilde, tan montado en el 1900, entre los humoristas menores, pero en todo caso el propio Wilde, que fue un humorista ocasional, porque también fue un poeta trágico, sería el único rival del incomparable Saki. Algunos de los lectores se estarán preguntando: ¿Quién es Saki, con ese nombre tan poco británico, que suena a comida o a alfanje japonés? La respuesta está en cualquier diccionario. Quien firmaba Saki se llamaba Héctor Hugh Munro, nació en Birmania (entonces Burma) en 1870, de padres escoceses, fue expedido a los dos años a casa de dos tías de Devon, que le hicieron la infancia y la adolescencia imposibles y de las que se vengó en sus cuentos retratando tías tiránicas y además estúpidas; a los veintitrés años volvió a Burma, se enroló en la policía colonial, pero fue otra vez reexpedido a Inglaterra, donde se resignó a hacerse periodista, con tal éxito que fue corresponsal del Morning Post en los Balcanes, en Rusia y en París. Hacia 1908 se pudo quedar en Londres y empezó a publicar cuentos cortos y cómicos con una veta siniestra, virulentamente crítica y una buena dosis de fantasía. Si se quiere era un tercer hermano Grimm, nacido cien años después, pero con un gen perverso que se regocijaba retratando la imbecilidad intelectual y moral de la aristocracia todavía victoriana aunque ya técnicamente eduardiana. En 1912 y 1914 publicó dos espléndidos libros de unos treinta cuentos cada uno bajo estos títulos: Las crónicas de Clovis y Animales y superanimales.
Clovis es una suerte de pícaro disfrazado de aristócrata indolente, los animales son una variada fauna que irrumpe en la vida señorial de los cotos de caza: gatos, perros, loros, tigres, hienas, y a veces damas y caballeros. Pero en 1915 el ya famoso Saki se alistó en el ejército y murió alcanzado por un obús alemán. Sus últimas palabras fueron: "¿Quién es el imbécil que prendió un cigarrillo?"
Si ustedes quieren pasar el verano —de alguna manera hay que llamarlo— leyendo y al lado de la chimenea les aconsejo pedir los dos libros de Saki en su librería y tendrán una semana gloriosa. Pero les advierto: la gloria tiene su precio, Saki es salvaje. Voy a darles una idea. En el cuento llamado Esmé (nombre ambiguo si los hay) así es bautizada una hiena de sexo desconocido por la que dos damas que participan en una partida de caza, se enternecen con ella y también con un niño gitano perdido en el bosque. Pero dejan al niño, se distraen, echan de menos a Esmé y de repente ésta aparece, triunfal, exhibiendo su trofeo entre los dientes. Es el niño gitano, chillando, mientras Esmé se pierde con él en la espesura del bosque. Las dos damas terminarán por comprometerse a no contar el incidente. Nadie va a echar de menos a un niño gitano. En el famoso Tobermory el protagonista es el gato de la casa, a quien un invitado asegura haber enseñado a hablar. Todos lo toman a broma, pero el extravagante veterinario, convoca al gato que se incorpora a la reunión en silencio y con un aire hamletiano. Sigue el siguiente diálogo entre la dueña del castillo y su gato preferido. Dueña: "¿Te apetece un poco de leche, Tobermory?" Gato: "No tengo demasiadas ganas, querida." Dueña que, nerviosa, derrama la leche de un manotazo: "Me temo que acabo de derramarla". Gato: "No importa, amiga mía. Tampoco puedo decir que tengo demasiada sed." Así habla el gato de Saki. Pero el cuento no termina así. Como todos los de Saki, lo más regocijante, que a veces es también lo más terrible, es el desenlace.