Domingo 15 de enero de 2006 | Año 88 - Nº 30327
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  - Editorial
Rodolfo Sienra Roosen | Los crímenes de la guerrilla, el golpe de Estado y represión posterior, son historia. Con los ojos bien abiertos, atendamos a cómo se enseñan.
A hincarle el diente

El 6 de noviembre ("Para la Historia") comentando la decisión del Codicen de incluir en los cursos de primaria y secundaria la historia reciente que abarca la dictadura, reclamamos que ese período se enseñara con honestidad, analizando la fase previa al golpe de Estado de actividad de la guerrilla y sus crímenes (asesinatos, hurtos, actos terroristas), para lo cual se facilitaron nombres, fechas, y hasta cantidades de dinero embolsadas por tupamaros y otras "ONG" contemporáneas. Reclamamos equilibrio en los cursos y en el material de estudio porque inquietaron declaraciones previas del presidente del Codicen, Sr. Yarzábal, en las que flechaba abiertamente la cancha para condenar los crímenes de la dictadura, lo que compartimos integralmente, pero refiriéndose a "caras tristes y alteraciones sicológicas" de familiares de las víctimas, como si los familiares de víctimas de la guerrilla no existieran.

Ahora que se designaron los docentes que tendrán a cargo los cursos y la elaboración de guías de apoyo a los mismos, se plantea la duda de si este es el momento para ejecutar lo decidido. Mujica dijo en su momento que el país no se arreglaría mientras "no reventemos todos", aludiendo a los protagonistas de la tragedia. El 5 de enero Búsqueda recogió diferentes opiniones. El diputado Rosadilla, calificado vocero tupamaro da la misma visión política contraria a que se enseñe esta historia estando vivos los protagonistas. Es una posición respetable y prudente: las clases se darán en un sentido o en otro, las pasiones son muy fuertes y puede haber conflictos entre las visiones familiares de los muchachos y la de la cátedra. En la línea de Rosadilla, otros entienden, también con razón, que se puede afectar la laicidad. Y si tenemos en cuenta recientes andanzas del Vicepresidente del Consejo de Primaria, Oscar Gómez, sobre las cuales también informa el colega, refiriéndose a la búsqueda de restos de los desaparecidos en actos que tuvieron lugar en escuelas públicas, ese riesgo existe.

Pero de todas maneras cabe preguntarse hasta cuándo la enseñanza va a seguir mirando hacia arriba como si acá no hubiera pasado nada.

En contrapartida, el profesor e historiador Carlos Demasi, seleccionado por el Codicen para la readecuación de los programas y para la formación de los docentes que darán los cursos, reporteado en la misma edición del semanario sobre el particular, da un punto de vista diferente. Dice, en síntesis, que no tiene nada que ver que los protagonistas de los hechos vivan o no, con la enseñanza de la historia, y que al contrario, los que estén vivos tendrán la oportunidad de defenderse si entienden que la visión que se dé en los cursos les perjudica. Esto es cierto, como también lo es que difícilmente lo que se aprenda sobre la dictadura se tome de las aulas, sino que se aprende circulando en la sociedad. Agrega que no debe confundirse lo que es la postura del historiador como tal, con su posicionamiento político partidario, que el texto único que servirá como guía a los docentes debe reflejar tantas versiones de los hechos como las que tiene la sociedad, que el profesor no puede armar un discurso con pretensión de ser el único y verdadero, pues ahí se cae en un tipo de enseñanza arbitraria que debe evitarse, que es importante que la juventud tenga conocimiento de que la sociedad ha sufrido desgarramientos muy grandes y que trata de solucionarlos.

Prendido a estos lineamientos, apuesto a hincarle el diente a un desafío delicado y complejo. El país no se va a arreglar nunca si no transita por todas las etapas que hay que transitar y esta es una de ellas. Eso sí, atendamos todos con los ojos bien abiertos, porque las desviaciones no pueden tener perdón.


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