EL anuncio del ministro Astori sobre la posible negociación de un tratado de libre comercio con los Estados Unidos provocó dos órdenes de inmediatas reacciones. En lo interno, el canciller Gargano le salió al cruce a su par y desmintió categóricamente la existencia de cualquier gestión o intención de ese carácter. Y, a poco andar, la discrepancia se extendió a otros dos ministros y a algunos voceros de varios de los retazos de la famosa colcha que siempre fue el Frente Amplio.
En lo externo, el subsecretario argentino de Integración Latinoamericana, Eduardo Sigal, reclamó una rápida rectificación "para evitar confusión y daño al Mercosur" y agregó un erróneo argumento jurídico, a nivel del Tratado de Asunción, sobre la supuesta inviabilidad de acuerdos comerciales bilaterales con países ajenos al bloque regional. Su planteo tuvo el apoyo, algo menos impertinente, del subsecretario de Política Latinoamericana de la cancillería argentina, Leonardo Franco.
LA cuestión doméstica es de menor relevancia. Trátase de un nuevo encontronazo entre Gargano y Astori. Sin embargo, confirma que el gobierno tiene un rumbo lento y errático, dadas las continuas y serias discrepancias existentes entre sus integrantes. Y evidencia, asimismo, que la posibilidad de concretar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos será fieramente combatida y obstaculizada a nivel de nuestro propio gobierno. Lo que es muy malo para nuestro país.
La nueva rispidez con Argentina, si bien desmentida o minimizada al día siguiente por su ministro del Interior, Alberto Fernández, agrega un nuevo elemento —para nada menor— al deterioro de nuestras relaciones con el gobierno del vecino país, que se va transformando en un grave problema nacional. Varias veces hemos calificado al descortés presidente argentino de ocupante interino de la Casa Rosada. Pero, aparte de que puede ser reelecto, a su mandato le restan dos años y medio, por lo menos.
EN consecuencia los conflictos con Kirchner y sus acólitos son conflictos con la República Argentina. Estos, a lo largo de nuestra historia, nos han dado no pocos dolores de cabeza, algunos de los cuales la prensa ha rememorado en estos días, como la ruptura de relaciones de 1932 y las graves tensiones con el gobierno de Perón, a partir de 1951. Antes, en 1908, la escuadra argentina evolucionó y lanzó cañonazos frente a la isla de Flores, en afirmación de la tesis de la "costa seca" uruguaya sobre el Río de la Plata, cuyo abanderado era el arrogante canciller Estanislao Zeballos.
El presidente Williman, ante tan grave situación, convocó entonces a un Consejo de Notables. Treinta eminencias —que las había— dieron su sesuda y patriótica opinión. El problema se solucionó gracias a la última y brillante gestión diplomática de Gonzalo Ramírez y a la comprensión del ilustre Roque Sáenz Peña. Las circunstancias no son las mismas, por cierto, pero el gobierno haría bien en no olvidar aquel hermoso episodio de nuestro pasado. Cuando la causa es nacional hay que demostrarlo. Y todo aporte debe ser bienvenido.
ENTRE tanto, en este último asunto cabe distinguir lo formal de lo sustancial. Las desavenencias entre naciones se expresan por carriles diplomáticos y no por secundarios funcionarios parlanchines. Y se trasmiten manifestando preocupación. Nunca mediante exigencias como la planteada por el señor Sigal.
En lo jurídico es inexacto que el Tratado de Asunción, así como el Protocolo de Ouro Preto, prohíban los acuerdos comerciales bilaterales con terceros países. Cierto es que la Decisión Nº 32 del 2000 —del Consejo del Mercado Común, creemos— lo habría dispuesto. Pero ese tipo de decisiones, una vez adoptadas, sólo obligan a los Estados Partes a disponer "las medidas necesarias para su incorporación al ordenamiento jurídico nacional", en cuyo caso recién "tendrán carácter obligatorio" (arts. 40 y 42 del Protocolo de Ouro Preto).
Ello ha ocurrido? Ciertamente, no. Por lo menos, en Uruguay. Puede decírsenos, no sin razón, que la existencia y vigencia del arancel externo común —que, en la práctica, tiene múltiples perforaciones—, supone la imposibilidad de tratados de libre comercio que, por su propio carácter de tales, implican la caída de dicho arancel. Lo cual sería argumento válido si el Mercosur funcionara bien y se reconocieran las asimetrías de las economías de sus países, que tanto perjudican a Paraguay y a Uruguay. Pero ocurre todo lo contrario, según es notorio.
Argentina y Brasil carecen de autoridad política para reclamarles no negociar tratados comerciales por fuera del Mercosur. Ambos, un mes atrás, celebraron veinte acuerdos comerciales bilaterales. Y, antes, suscribieron un "Acuerdo de Mercado" con China.
Del Mercosur no se acordaron en ambas ocasiones.
O no es así? Basta de reclamos hipócritas, pues. Ya alcanza y sobra, en el terreno de la más chocante insinceridad, el asunto de las papeleras, siendo que molestan las que se van a instalar en nuestro país pero siguen funcionando cuatro o cinco plantas de ese carácter cerquita del Paraná, que hace décadas polucionan las aguas de este río con sus desechos tóxicos. Y, de rebote, las del Río de la Plata.
Se necesita ser bastante atrevido para exhibir "urbi et orbi" tanta duplicidad de criterio.