Promesas clausuradas

Hugo García Robles

En el orden que regula las fuerzas humanas existe un límite infranqueable, una instancia detrás de la cual todas las posibilidades claudican. Lope de Vega lo sintetizó en dos versos: "viviendo todo falta / muriendo todo sobra". En la historia del arte y por ende de la música, muchos son los creadores que mueren sin culminar lo que aparentemente, a juzgar por la trayectoria de lo cumplido, iban en camino de alcanzar.

El caso opuesto es mucho más claro: el de los felices que vivieron lo suficiente para dar término a su tarea. Stravinsky muere cuando ha agotado su propia carrera, que transcurrió desde las renovadoras obras para ballet, El pájaro de fuego, Petruchka y, sobre todo, La consagración de la Primavera hasta el neoclasicismo de un retorno a Bach o el dodecafonismo de Agón.

El propio Juan Sebastián Bach dictando en su lecho de muerte los últimos compases de El arte de la fuga, que la muerte interrumpe, culminaba con esta obra su devoción por la arquitectura sonora y la abstracción formal.

Wagner y Verdi, cada uno de ellos en su intransferible manera, lograron culminar la concepción del arte a la cual consagraron su genio. El autor de Tristán e Isolda redondeó no solamente su obra de compositor y teórico de la música dramática, sino que pudo ver concretada en Bayreuth la aspiración de la sede física, con las ideas arquitectónicas plasmadas en el edificio de la Festspielhaus, como suprema coronación de su compleja visión del arte dramático. Verdi, con un golpe de inesperada juventud octogenaria, deja Otello y Falstaff, sellando su viejo amor por Shakespeare con sendos monumentos.

Rossini se siente tan cumplido después de sus años parisinos que renuncia a la composición mayor, se refugia en los pequeños reductos de sus piezas mínimas, por cierto graciosas y preñadas a veces de un sentido que preludia a Satie, y en su permanente pasión por la cocina.

No es la edad en la que desaparece el autor, lo que define el carácter cumplido o no, de la obra. Artistas hay que no obstante su juventud al morir, Chopin por ejemplo, dejan al partir su tarea cumplida. Maestro del microcosmos romántico, el genial polaco hubiera podido agregar más piezas pero salvo un inesperado giro no previsible, ellas habrían reiterado el camino elegido.

Otro es el caso de Beethoven con sus últimas sonatas, cuarteros y la Novena Sinfonía y la Misa Solemne. Allí había asomado apenas el nuevo y maduro cauce de lo que sería justo llamar una cuarta etapa, de acuerdo con la clásica división en tres. Las anotaciones muy embrionarias de la décima sinfonía, sin que sea posible saber hacia donde se dirigía, testimonian que el maestro tenía todavía ante sí un trecho inédito por recorrer. Otro también el de Mozart que al margen de sus 35 años estaba iniciando, cada vez, una senda nueva, de la cual el Réquiem inconcluso, terminado por talentos ajenos, es prueba irrefutable.

Ante la tumba que recibió los despojos de Franz Schubert, el poeta Grillparzer aludió que allí se enterraban además de las numerosas obras compuestas por el maestro, muchas grandes esperanzas. En rigor, los últimos días del autor de Rosamunda, con el estallido de los cuartetos y sonatas finales, el despliegue lírico interminable de la Sinfonía en do mayor la Grande, no significan el cierre de un ciclo creador, sino por el contrario, el comienzo del más brillante tramo.

Aunque sea situarse en una incómoda postura llena de ilimitadas conclusiones sin asidero, u crónicas por esencia, se hace muy difícil en este año mozartiano, maestro arquetípico de la muerte prematura, no reparar en las promesas clausuradas, en los proyectos inconclusos, en todo lo que murió en el momento previo del nacimiento. Aborto abominable de no sabemos cuantas obras imperecederas que no vieron la luz. Es justo lamentarlas porque todo indicaba que estaban en camino de instalarse en el terreno de las cosas palpables, de este lado del muro.

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