Crítica | Fabian Muro
Casi lo primero que se escucha en No direction home es la voz de Bob Dylan, reflexionando sobre el paso del tiempo y explicando que desde hace mucho está intentando volver a casa. Como un héroe homérico, Dylan recorre una ruta tras otra, dirigiéndose a un hogar que sólo él sabe dónde está.
Estructurado de manera sólo en apariencia caótica, este documental de casi cuatro horas de duración se concentra en el período que va desde 1962 —año de salida del primer disco de Dylan— hasta 1966, cuando el músico regresa a Estados Unidos luego de una gira por Inglaterra. En esos cuatro años, Dylan editó siete discos. Cada uno de ellos es indispensable para entender su obra, pero también para comprender buena parte de lo que fue y es el rock como género musical y fenómeno socio-cultural.
Scorsese inicia su zigzagueante recorrido por la vida y las canciones de Dylan en Duluth, la pequeña ciudad de Minnesota en la cual Dylan nace como Robert Zimmerman y de la que parte para una odisea que aún no ha concluido. Con una abultada cantidad de imágenes de archivo provenientes de una multitud de fuentes, el director contextualiza la época en la que Dylan crece, con su paranoia por la amenaza "roja" y una posible guerra atómica. Pero el director también ofrece un vistazo al ambiente musical de la época y a algunas de las más tempranas influencias del retratado, entre ellas el ineludible Woody Guthrie, la cantante negra Odetta, Hank Williams y otros exponentes del folk, el blues y el country.
Con una edición que deslumbra por el ritmo y que —a pesar de ir hacia atrás y adelante— nunca se pierde durante el recorrido, No direction home le otorga amplio espacio a los múltiples entrevistados: Allen Ginsberg, Dave Van Ronk, Joan Baez, Pete Seeger, Al Kooper, Bob Johnston y muchos más. Por supuesto, también está el propio Dylan, al cual Scorsese no entrevista (no quiso. La entrevista data del año 2000 y fue conducida por el representante del músico, Jeff Rosen).
Algunas de las intervenciones del cantautor son antológicas. Como cuando relata lo que significó para él llegar a compartir escenario y estudio con Johnny Cash. O cuando relata lo herido que se sintió cuando Pete Seeger —a quien Dylan siempre admiró—quiso cortarle el sonido durante la mítica actuación en el Festival de Newport en 1965, cuando entró al templo de los "folkies" con una banda de rock. O cuando, sin que se le mueva ni una de sus arrugas, dice que él, como explorador musical, tiene todo el derecho de aprovecharse de la música que encuentra en su recorrido. Con este razonamiento, Dylan justifica haberle robado invaluables discos de folk y blues a un destacado coleccionista (que ya lo perdonó, por supuesto).
A pesar de su duración y de su sinuoso recorrido cronológico, el film nunca se siente abrumador. O sí. En todo caso, el documental abruma de la misma manera que las canciones de Dylan, muchas de las cuales quitan el aliento por su belleza y lucidez. Consciente de la imposible tarea de "revelar" a Dylan, de reducirlo a una figura que pueda delinearse en unos pocos trazos, Scorsese ofrece mucha información y pocas respuestas. Y deja que Dylan siga su viaje. Como dice uno de los músicos que acompañó a Dylan en una de las entrevistas: "Cuando lo conocí, ya se ponía en personaje, actuaba. Y eso está muy bien. Porque uno puede ir a cualquier lado cuando se es otra persona".
NO DIRECTION HOME
Dirección. Martin Scorsese
Edición. David Tedeschi
Estados Unidos, 2005