Una nueva en el viejo Buckingham

En 1971, durante un partido en un campo de polo de los que abundan en Inglaterra, se conocieron Carlos y Camilla. A la dama —casada ella— le encantó cómo montaba y manejaba el palo y la pelotita el Príncipe de Gales —soltero él—: y ahí comenzó un "tuya y mía" que muchos años más tarde terminaría en boda, luego de que el caballero enviudara de Diana Spencer (una joya de punta) con quien se casó sin interrumpir ese romance, y después de decidir "Cami" liberar definitivamente a su marido, de su función de testigo mudo de aquel operativo clandestino.

Ahora, alguien —atravesado como liebre en carretera— tuvo la idea de rodar una película inspirada en aquella relación, argumentada en una historia que finaliza en vísperas de la boda de Carlos con Lady Di, y que presenta diversas escenas "opcenas" y "erócticas" ("asquerosas", ¡bah!... como dice la gorda del barrio).

En el Palacio de Buckingham se enteraron del hecho, y los moradores que aún tienen restos para asombrarse de algo en ese ambiente, pusieron el grito en la cúpula. Recién salen del escandalete de "La hermana de la reina" y se topan con este otro. Para quienes no lo saben, así se titula el film que reseña la vida agitada, pese a que pasaba varias horas del día en el lecho cantando "Té para dos", de la princesa Margarita, que no necesitaba camelias para hacerse famosa, y murió de un ataque a la cabeza tras dejar a muchos títeres sin cráneo. Lo dicho: salen de Málaga y se meten en Malagón... porque hay un pasaje de la trama romántica de la pareja "poluda" —así llamada desde aquel primer encuentro en el campo de polo— en que aparece Camilla introduciendo una mano (si es zurda, seguramente la izquierda) por debajo de la bata de seda roja del príncipe... en acoso cultural, acaso buscando el mejor tomo de "El Tesoro de la Juventud".

En la farándula palaciega hay opiniones varias sobre la reacción, que debe hacerse pública, ante lo que destapa la película "Si es que el amor significa algo": aunque no lo confiesen, todos los Windsor están enloquecidos por verla en estado virginal, es decir, sin cortes. Felipe anda a la pesca de vales para el estreno, a fin de evitar cargar al erario monárquico el alto costo de las entradas para el familión real. Confiada en que los conseguirá, Isabel II ya encargó un sombrero holgadito —modelo 4 x 4, para todo terreno— previendo que, si en determinado momento se siente avergonzada viendo el film, no tiene más que hacer que tirar de una discreta cintita, y el sombrerito se deslizará delicadamente hasta los hombros impidiéndole la visión. Es que —como ella dice— hasta sería capaz de tolerar que en su reino se pudiera meter la mano en la lata, pero en la bata... ¡jamás!

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