"Mi señora, que es la que más sufre, porque yo voy a entrenar, a jugar, viajo y, en cambio, ella se queda sola, se manejó muy bien, porque aprendió muy bien el ruso. Nosotros conectamos con gente de la Universidad, porque Kazan es una ciudad universitaria; entonces, ella hizo algunos cursos y quedó en contacto con una profesora que le da clases particulares. Además, aparte de ir a un gimnasio, para emplear el tiempo también ha hecho otras actividades; por ejemplo, ha querido colaborar en un orfanato, aunque ahí surgió una de esas diferencias con nuestra forma de ser, que a veces parecen insalvables. No entendían cómo y por qué iba a colaborar gratis. Decían: ‘¿Extranjero y gratis? No, no, acá hay algo raro’. Al final la aceptaron, pero porque era la esposa de alguien conocido. Y, sin embargo, aún así, le empezaron a poner trabas: le pidieron exámenes ginecológicos, de sangre... hasta que al final me enojé y les dije: ‘¿Cómo se va a hacer todos estos exámenes cuando ella ya los trajo de Uruguay, y lo que quiere es colaborar? Si no, al final, no va a colaborar nada’ Y la dejaron".