Cuando asumió como secretario general de la OEA, la revista británica The Economist dijo "el hombre correcto, un trabajo duro". ¿Está de acuerdo con esa definición?
—La primera parte, no sé, lo dirá el tiempo. Pero sí ha sido un trabajo duro, más aun cuando la institución estuvo por un tiempo con incertidumbre respecto a qué iba a pasar con su futuro, después de la salida del secretario general Miguel Angel Rodríguez. Además había muchos temas abiertos en la región. Que en determinado año, varios gobiernos estén a punto de ser destituidos, no es culpa de la OEA pero sí mucha gente cuando eso ocurre dice la OEA no funciona. En ese momento teníamos conflictos en Ecuador, en Bolivia, en Nicaragua. Los hemos ido sorteando, así que trabajo no ha faltado.
—A pesar de eso puede existir una percepción de que los organismos internacionales no son del todo eficaces o que la OEA ha cumplido un papel secundario en la región.
—Desgraciadamente, el problema de la OEA no es que haya cumplido un papel secundario sino que a mucha gente no le gusta lo que la OEA hacía en la época de la Guerra Fría. Pero uno nunca podría decir que fue irrelevante. Hace muchos años unos jóvenes le dijeron eso a Itamar Franco y él les recordó que fue en la OEA donde se sacó a Cuba del sistema latinoamericano, y fue la OEA la que aprobó la invasión a Santo Domingo, y nadie puede decir que eso sea irrelevante. Claro que a muchos no nos gustó que eso ocurriera. Ahora, la OEA tiene que seguir siendo relevante, en otras condiciones, con otros parámetros y con una actitud y una vocación profundamente democrática.
—Su organismo ha sido acusado muchas veces de seguir el juego de Estados Unidos.
—Yo no creo que sea tan así. Hay un hecho que es irrebatible: Estados Unidos es el país más poderoso del mundo. Nadie puede pretender un organismo interamericano sin Estados Unidos e incluirlo representa diferencias de peso. Desde hace tiempo nadie puede decir que Estados Unidos fije la política de la OEA.
—¿Cuál sería su diagnóstico de la democracia en la región?
Aunque ha habido muchos conflictos y problemas, en general se han mantenido las reglas del sistema. Se han caído 16 gobiernos en los últimos 15 años, de los cuales 11 elegidos y los otros cinco sucesores de esos elegidos. Eso es negativo. Se ha tratado de mantener las reglas del juego en su reemplazo y los procesos que han conducido a esas fragilidades, han sido procesos políticos vinculados a temas económicos, de crisis, no aquellos conflictos ideológicos de otros años. Por ejemplo, en la cumbre de Mar del Plata no hubo un debate ideológico: fue un debate de conveniencia.
—Pero hechos como las revueltas sociales que derrocaron gobiernos...
—Las protestas sociales son una parte de la democracia, la parte que exige un mejor gobierno, pero en América Latina nosotros necesitamos gobiernos buenos y estables. Esta clase de manifestaciones populares del tipo "que se vayan todos", puedo comprenderlas pero no creo que sea la mejor receta para la democracia.
—Pero si la democracia no está acompañada por un crecimiento económico aumenta la decepción.
—Por cierto. La gente no vive de la política. No voy a llegar a simplificar y decir que es imposible la democracia en un país pobre, pero es más difícil. Cuando más del 50% de la población es pobre e indigente, claro que es más difícil convencerla de las ventajas del régimen democrático. Lo que quieren saber es qué les va a dar la democracia a ellos. Nuestra Carta Democrática Interamericana reconoce el estrecho vínculo entre democracia y desarrollo. No estoy volviendo a los tiempos en los que se decía "la verdadera democracia es esta y la otra no importa". Democracia con elecciones, con derechos humanos, con libertad de expresión, con pluralismo político, pero también una democracia que dé buen gobierno, que resuelva los problemas de la gente.