LA Unión Europea es actualmente un monstruo de 450 millones de habitantes cuyo poderío económico es capaz de competir con otros gigantes, como el norteamericano o el chino. En esa confederación de países se cuentan hoy veinticinco socios —doce de ellos con una moneda común— aunque la UE no parece dispuesta a quedarse en esta etapa de su expansión sino que está resuelta a seguir creciendo. Por lo pronto hay candidatos a incorporarse en los años próximos, como Rumania, Bulgaria y Croacia, pero en el horizonte de la UE también figura Turquía, un postulante más singular por su cultura, su situación geopolítica y su historia, que sin embargo no debe considerarse una cuestión menor. Se trata de un país de 72 millones de habitantes cuyo PBI asciende a 300.000 millones de dólares, por no hablar de sus 70.000 millones de exportaciones anuales.
LAS resistencias europeas a aceptar la candidatura turca se relacionan con el estado de los derechos humanos en ese país, notorio por haber mantenido hasta hace poco la pena de muerte, tolerar condiciones inaceptables en sus cárceles, cometer persecuciones a opositores políticos y minorías (como la kurda) y relegar a las mujeres a una posición desventajosa que se vincula con la suerte del género femenino en casi todo el islam. De hecho, la enorme mayoría de la población turca es musulmana, aunque se trata de un país de régimen laico. Ultimamente, y al margen de todo ello, Turquía se ha mostrado notablemente dócil para adecuar su situación interna a las exigencias de la UE: abolió la pena capital, ha suavizado sus métodos represores, mejoró visiblemente la condición de la mujer y ha mostrado más respeto por las libertades públicas y privadas.
HACER tan buena letra permite que se alcancen cosas como la que ocurrió el 3 de octubre a última hora en la reunión plenaria del Consejo de Europa, celebrada en Luxemburgo. Allí pudo finalmente superarse la oposición de Austria a la candidatura de Turquía, lográndose la indispensable unanimidad de los veinticinco miembros para admitir a ese aspirante, cuya incorporación definitiva a la Unión podría producirse en el año 2014, aunque algunos consideran más probable la fecha del 2020. Por el momento, sin ir más lejos, las colectividades armenias a través del mundo —apoyadas por Francia y Holanda en el seno de la UE— protestan porque el gobierno turco nunca reconoció el genocidio emprendido en 1915 contra los armenios, en el que podría haber muerto un millón y medio de personas. Esa nación peregrina, despojada de su tierra de origen, que hace ocho décadas fuera masacrada por el gobierno otomano, exige el formal reconocimiento de un crimen histórico, que hasta el momento no se ha producido de parte de las autoridades de Ankara.
EN todo caso, el Reino Unido (con apoyo manifiesto de Estados Unidos) ha patrocinado la candidatura turca a la UE no sólo porque considera que Turquía es un "estado tapón" frente al peligro de países musulmanes radicalizados, sino también porque figura como su aliado privilegiado en Medio Oriente y no sólo a los efectos de la guerra en Irak. Se sabe asimismo que Turquía mantiene una actitud amigable ante Israel, un gesto que los norteamericanos han sabido agradecer y que ahora los ha llevado a respaldar la postulación turca para entrar a Europa. Es casi pintoresca en cambio la oposición austríaca a ese ingreso, en nombre de la enemistad que desde el siglo XVII ha mantenido Austria frente a Turquía. En 1683 los ejércitos turcos habían sitiado a Viena y fueron finalmente derrotados en esa aventura, luego de la cual no volvieron a amenazar el corazón europeo. Claro que Turquía mantuvo de cualquier manera su dominio sobre la mayor parte de los Balcanes durante doscientos treinta años más, hasta que el Imperio Otomano se desintegró sobre el final de la primera guerra mundial.
EL 3 de octubre, entonces, comenzaron las negociaciones para el ingreso de Turquía a la gran Europa, lo cual marca un viraje histórico nada desdeñable. El antiguo enemigo de la cristiandad, la vieja amenaza oriental, pasa a formar parte del núcleo europeo como un hermano más, aunque sólo dispone en Polonia, Hungría y Suecia de una mayoría de la población que apoye su desembarco. En el resto de los países se teme que la entrada turca favorezca un aluvión de inmigrantes o que se trasladen muchas empresas a Turquía en busca de mano de obra más barata, lo cual explica que el caso obtenga sólo un 10 por ciento de apoyo popular en Austria, o un 21 por ciento en Alemania y en Francia. De todas maneras, la carrera para esa incorporación ya comenzó.
Sobre Venezuela
En declaraciones a "La Nación" el señor Carlos Alvarez que sustituirá al Dr. Duhalde en la Presidencia de la Comisión de Representantes permanente del Mercosur, puso de manifiesto que la integración de Venezuela al Mercosur será "un aporte muy trascendente", pero agregó que no será socio pleno del bloque como solicitó, sino que "tendrá una categoría intermedia hasta que se avance en su integración plena".
Esto no es lo que dijo Uruguay que es el propulsor del ingreso, luego de los grandes "acuerdos" con el presidente Chávez.
De paso no está de más recordar, antes de la cumbre que se realizará aquí en Montevideo, que el señor Chávez consiguió la mayoría total de su congreso, en una votación en la que el abstencionismo fue del 75%. ¿No será que se va pronto el señor Chávez, ante semejante porcentaje en su contra?