Hugo García Robles
El concierto de la Memphis Jazz Band del pasado lunes, en la sala La Colmena, clausuraba el presente año de actuaciones de la agrupación. No importa ahora elogiar a los veteranos músicos que, en torno de la trompeta (corneta) de Rodolfo Schuster, hace décadas que cultivan el género con altísimo nivel. Más bien narrar y comentar escuetamente lo que sucedió, de manera inesperada, sin preparación ni ensayo, durante la velada.
En la sala estaban cantantes y músicos que asistían como espectadores y, al amparo de la amistad entre colegas y al propio espíritu de fin de fiesta del concierto, de pronto a la Memphis se le ocurrió convencerlos a participar del concierto, aportando cada uno lo suyo.
La agrupación jazzística había comenzado su recital con temas de Cole Porter, Duke Ellington y otros maestros. Luego, Rodolfo Schuster invitó a Ana Karina Rossi, recién llegada de Italia a cantar tangos. Es fácil imaginar la sorpresa de todos ante el violento cambio de género. Sin embargo, cuando Ana Karina se acercó al piano y dejó oír La última curda, nada pareció insólito. El tango se escuchó después del pulso sincopado de Margulis sin conflictos. La voz y el estilo impecables de la joven se integraron dócilmente al programa, sumando una memorable versión de Naranjo en flor.
El concierto continuó con música de jazz y cuando se invitó a una nueva intérprete, la fluidez era la nota dominante y nada podía parecer insólito.
Entonces subió al escenario María Noel Taranto. La estupenda cantante hizo que el tono de la sala cambiase. María Noel, que es una solista de jazz buena para el más rancio rincón de New Orleans, interpretó con gracia y desenfado. Dialogó con el público, con los músicos de la Memphis y cuando arrancó con I can’t give you anithing but love, baby la concurrencia advirtió que la musicalidad reinante en la sala, tomaba la dirección de otro cuadrante en la rosa de los vientos sonoros. Su improvisación en "scat" impulsó a la trompeta a participar de la fiesta y una verdadera "jam session" se desencadenó por pocos minutos, que fueron cerrados con la ovación previsible. Luego, María Noel Taranto volvió a su lugar entre el público.
Un momento de particular emoción fue la actuación de Carlos Alonso, quien después de cuatro años que no empuñaba un instrumento, como consecuencia de un grave accidente, imposibilitado por ello del clarinete, se sirvió del saxo y cerró con Garota de Ipanema su formidable aporte, trasuntando en su rostro la alegría y la emoción de este retorno.
El ingreso de Valeria Lima al escenario, tercera invitada de la mágica noche trajo otra vez el tango. Con un estilo totalmente alejado del que caracteriza a Ana Karina cantó y logró que el público hiciera coros, integrando al público al concierto. En realidad el público se había sumado ya antes, porque una pareja de bailarines, no necesariamente jóvenes, no descansaron mientras hubo temas de jazz, arrastrando luego a otros danzarines espontáneos.
Como broche, Cacho de la Cruz con su trombón se integró al recital y el poder motriz del jazz cerró la noche.
Una velada que deja varias anotaciones evidentes. Primero, la calidad de Ana Karina y Valeria Lima, las jóvenes intérpretes que se han entregado con armas y bagajes al tango. La madurez de la formidable María Noel Taranto que es una estrella que pude brillar en cualquier escenario del mundo.
Segundo y principal que no hay fronteras para la musicalidad genuina. El programa derivó, sin acuerdo previo, desde las síncopas del jazz hacia los dramatismos del tango y no hubo fracturas en el flujo de la música que galvanizó la sala. Por un momento, las aguas del Mississippi y del Plata confluyeron en un fenómeno hidráulico insólito que se burla, como suele hacerlo el arte, de todo: hasta de la geografía.