A veinticinco años del NO

AL cumplirse veinticinco años de aquel NO rotundo que la mayoría de la ciudadanía depositó en las urnas un histórico 30 de noviembre de 1980, los partidos tradicionales conmemoraron y enaltecieron separadamente el significado de aquella jornada de confirmación de la conciencia democrática. Con tal motivo, surgieron algunas discrepancias respecto del rol que en aquella difícil instancia le cupo a cada una de las colectividades históricas y de los méritos que acreditó en la campaña por el triunfo del NO.

Sin escurrirle el bulto a esa divergencia, que no magnificaremos pero que sí abordaremos en defensa de la verdad histórica, corresponde, ante todo, aleccionar a las nuevas generaciones acerca de por qué se fue a las urnas un cuarto de siglo atrás y qué fue lo que el pueblo entonces dilucidó. La dictadura militar, después de ser ejercida rígidamente durante siete años muy duros, cobró conciencia de que no podía perpetuarse indefinidamente en el poder irrestricto, sin otro basamento que el uso abusivo de la fuerza de sus armas.

A buscar alguna forma de legitimación la empujaba, además, la presión que durante cuatro años había ejercido ante todos los gobiernos cuarteleros de América Latina, que eran muchos en aquella sazón, el gobierno estadounidense del señor Carter, a fin de que abreviaran sus días o, por lo menos, dieran un barniz de juridicidad a sus satrapías. En tales condiciones, urdieron la estratagema de reformar la Constitución que habían archivado en 1973, dejándola a la medida de su arbitrariedad y de sus apetitos de poder aún no saciados.

Como plumíferos no les faltaban y como un dúo de jurisconsultos de larga y mala fama estaba a su servicio —se imaginarán muchos lectores a cuán siniestra dupla estoy aludiendo— pergeñaron un horroroso proyecto de nueva Constitución. Y, tras hacerlo aprobar por aquel engendro llamado Consejo de la Nación, convocaron al soberano —el Cuerpo Electoral— al plebiscito en que éste, suponían los capitostes del régimen, iba a aprobarlo. Es decir, a constitucionalizar la doctrina de la seguridad nacional con su corolario orgánico de moda —el famoso Cosena—, la tutela del Poder Ejecutivo por las Fuerzas Armadas, la proliferación de autoritarios poderes de emergencia cuya declaración concentraba la suma del poder en ese Ejecutivo controlado por los militares, severos recortes en las libertades públicas y otras "bellezas" de corte similar.

EN tales condiciones, la enmienda, aureolada y saneada por la ratificación popular, iba a resultar peor que el soneto. "U séase", que la propia tiranía hasta entonces padecida. En tales condiciones, los dirigentes blancos y colorados decidieron oponerse y resistir el intento de perpetuación constitucionalizada. El Frente Amplio estaba en estado de hibernación y creemos que ninguna directiva trasmitió a la ciudadanía. Lo propio dijo el señor Hierro López días pasados y nadie le retrucó.

Informar a la gente sobre los verdaderos propósitos de los militares, que iba a ser abrumada por el alud de la propaganda oficialista, en un ambiente de nula libertad, aparecía, en principio, como un intento destinado al fracaso, casi quijotesco. La dirigencia de ambos partidos decidió, sin embargo, que apoyar el NO y divulgar las razones de tal negativa, corriendo los riesgos personales propios de aquella época nefanda, era un deber irrenunciable. Y lo asumió.

PERO, como bien se dice que Dios ciega a quienes quiere perder, los militares, montados en el caballo del comisario y halagados sus oídos por los vaticinios de su corte de civiles adulones, creyeron ser la fija del siglo en la penca del 30 de noviembre. Y decidieron permitir en cada ciudad algún acto público, así como un debate televisado entre un representante de cada partido y dos de sus personeros.

¡Craso error de su parte! Por esos resquicios de libertad, hábil y valientemente aprovechados por blancos y colorados, se coló primero la verdad y hasta terminó resplandeciendo. El Partido Nacional, en acuerdo con las directivas que desde el exilio impartía Wilson, a nivel de su glorioso triunvirato trazó una eficaz estrategia. Envió a cada departamento dos delegados no proscriptos. Las dirigencias locales los recibieron con entusiasmo y se movilizaron. El "boca a boca" funcionó eficazmente en todo el país. Los actos que en el interior se cumplieron llenaron el fin informativo que se perseguía. Más no se podía hacer, sin arriesgar una prisión inmediata, siendo que tales actos eran grabados por los infaltables "tiras" que, en los pueblitos pequeños, a veces eran tantos como los ciudadanos presentes.

EL Partido Colorado centró su esfuerzo en Montevideo, adquiriendo protagonismo la figura del Dr. Tarigo, que abrió el semanario Opinar y movilizó a un sector de juventud que se nucleó en torno a quienes hacían sus primeras armas en las luchas políticas desde las páginas de dicho semanario. Realizaron un acto en un cine de la calle Rivera y reuniones en casas de familia. Los dirigentes proscriptos, en particular Jorge Batlle, apoyaban esas acciones y trataban de coordinarlas con las del Triunvirato nacionalista.

Este, entre tanto, reunió a la dirigencia de todo el país en la quinta de Alberto Zumarán, en Melilla. Allí se acordaron nuevas directivas, que se cumplieron al pie de la letra. Días más tarde se convocó a otras figuras, en el domicilio de Alembert Vaz. Allí apareció Bari González y comunicó lacónicamente que apoyaba el NO. Una voz anónima sentenció: ¡ganó el NO en Canelones! Y así fue. También allí se acordó, por iniciativa de Don Juan Pivel Devoto, que el Dr. Pons Etcheverry representara al Partido en el debate a televisarse, lo que éste aceptó sin vacilar, valientemente.

EL viernes 14 fue el memorable acto del cine Cordón, cuya oratoria corrió por cuenta de Juan Andrés Ramírez, el propio Pons, Lorenzo Ríos y Fernando Oliú. Vibrantes, sobre todo, fueron los discursos de "Tatán" Pons y de Lorenzo Ríos. Ahorro el tema de la represión policial, desatada al finalizar el acto. Esa misma noche, algo más tarde, se trasmitió el debate, que había sido grabado dos días antes.

Tarigo, con jurídica contundencia argumental, y Pons Etcheverry con filosa y demoledora ironía, quien hizo a la gente reír y perder el miedo, sellaron la victoria del NO. Histórica fue su fulminante réplica a Bolentini: ¡No habían visto una bala desde 1904... y siempre en el Presupuesto!

Y aquella referencia a que "siempre hay rinocerontes". Después de eso, el pueblo habló con el voto y triunfó en las urnas. El 30 de noviembre de 1980 la dictadura execrable quedó marcada a fuego. Fue su principio del fin.

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