Hay que ser fuertes

Las grandes potencias no se han caracterizado nunca por el ejercicio de la caridad. Frente a ellas, lo que le corresponde a las pequeñas potencias no es culparlas para eximirse a sí mismas de toda responsabilidad, sino aprender de ellas.

Así lo están haciendo hoy decenas de naciones europeas y asiáticas, y hasta una tímida vanguardia de naciones latinoamericanas.

La teoría de la dependencia tuvo una vigencia prácticamente universal en América Latina durante las décadas de la segunda posguerra, con el efecto hoy visible de enervar nuestra capacidad de aprendizaje, alargando aun más la distancia que nos separa de los norteamericanos.

A partir de esta dura experiencia, caben dos destinos para nuestra América. Uno es, como el Japón de la segunda posguerra, aprender sin apasionamiento a detectar y superar las causas de nuestro fracaso.

El otro es, como la Alemania de la primera posguerra, excitar nuestro resentimiento, adentrándonos aún más por el camino del atraso.

El testimonio más significativo del aprendizaje latinoamericano lo ofreció el ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso, quien, de joven, fue el principal exponente de la teoría de la dependencia y ya maduro, guió a Brasil por la senda de la racionalidad, que ahora continúa su sucesor, el ex comunista Lula.

Veintinueve naciones latinoamericanas anunciaron en Mar del Plata su voluntad de negociar con el ALCA, naturalmente en términos que les resulten favorables.

Cada una de ellas tiene algún agravio con el gigante norteamericano. Todas ellas, en lugar de alimentar el resentimiento, han decidido seguir el camino de la racionalidad.

(Mariano Grondona, La Nación, 27/11/05)

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