Miguel Carbajal
Las revistas fueron siempre un criadero de pájaros. Como estaban sometidas en forma menos dolorosa a las exigencias del mercado y podían subsistir sin obtener los tirajes de miedo que se le piden a un diario, ofrecían más oportunidades para desplegar un plumaje vistoso o un trino estridente. Eran a la fuerza más elitista como también lo son los diarios que no apuntan al promedio nacional sino que pescan entre los extremos o entre los bolsones de la especialización. No existió en el país una experiencia similar a Reporter, que tenía sobre sí el manto protector de El País, nucleó la mejor gente, hizo periodismo moderno y terminó degollada por desentendimientos salariales y sindicales. Lo mismo sucedió, a un nivel sofisticado y con mucho más "glamour", en la porteña Primera Plana, una publicación para adictos, tan influyente en su momento que generó en el periodismo escrito un mal endémico de la televisión actual: el que no aparece documentado dentro del circuito no existe. Era tanto su brillo intelectual que ni siquiera se la juzgaba desde el punto de vista político, pese a tener un tufo a Onganía que ofendía a los bienpensantes, y le concedía a Mariano Grondona la categoría de Horangel de los Golpes de Estado.
Es en ese mundo de publicaciones alternativas que aparece María Cristina Forero, una periodista que cambió su nombre por el de María Moreno como si la variante estableciera alguna diferencia. Moreno reúne en Vida de vivos, un título reciente de Sudamericana, una serie de reportajes, "conversaciones incidentales y retratos sin retocar" de particular interés. Su distancia de los grandes medios, sus alejamientos de Buenos Aires, sus propias opciones personales, la han desplazado del parnaso periodístico pese a que le sobren méritos y utilice puntos de vista removedores. Vida de vivos tiene momentos de brillo. Posee un oído privilegiado para reproducir el diálogo, y para presentarlo fuera del armado tradicional, lo que a veces tiende a la confusión. Como además se presenta a sí misma de una manera asaz informal —es más culta de lo que aparenta, mejor informada, menos bohemia, pero también más kitsch— cuesta trabajo despegar su fuero interno del mundo objetivo del reportaje.
Moreno muestra una fuerte orientación cultural. Y demuestra ser una mujer arremetedora capaz de no darse por derrotada con Liliana Felipe, lo cual robustece sus credenciales y debe acentuar la biodiversidad y el colorido de los suplementos de Página 12. Lo que aglutina en su último libro es un muestrario de lo bizarro, porque aunque el entrevistado no lo parezca desde fuera ella se encarga de demostrar lo contrario. Algunos personajes lo son ostensiblemente: Martín Karadagián y su filosofía de circo romano corroído por el mal gusto; Poldy Bird y un discurso tan rosado que ni siquiera es naif; Sergio Víctor Palma y un cuadro casi sicótico de inseguridad y de recelo que no necesariamente pinta al boxeo; el travestismo de Lohana Berkins, las disquisiciones de Mauro Cabral né Alicia, el costado trivial de Blanca Cotta, la imposibilidad de Silvina Bullrich de verse a sí misma o el empecinamiento de Jorge Porcel de imaginarse diferente. Hasta los nombres más clásicos y blanqueados de Silvina Ocampo y de José Bianco son presentados de una manera turbia. Y el rubro que alista a Liliana Felipe, Sara Facio y María Elena Walsh pasa por otros lados antes que el nivel artístico. Multifocal, desperjuiciada, hasta mal hablada para una preceptiva uruguaya, muy abierta de mente por momentos, y por momentos sesgada, María Moreno y sus textos generan un estado de alerta que no logran hacer decaer ni siguiera los entrevistados menores.