AHORA es irreversible porque ya está decretado, pero no voy a dejar la oportunidad de reiterar mi opinión de siempre sobre el adelanto artificial de la hora. Esta vez lo resolvieron a la quita callando y de golpe, como para no dar tiempo a que quienes sufrimos esta medida pudiéramos defendernos.
De todas maneras, esto es un mamarracho como lo fue toda la vida y no responde a necesidad alguna. Si algo hizo bien Menem fue cuando al entrar al quirófano para operarse de las carótidas firmó el decreto derogatorio del que corría para adelante la hora oficial. Fue entonces cuando Lacalle y el Ministro de Turismo, el amigo Villar, revocaron el decreto nuestro. Argentina es muy grande, la medida está dentro de las atribuciones de los gobiernos provinciales, y en algunas provincias, especialmente las fronterizas, las horas diferentes les hacían un lío bárbaro, por lo cual, decidieron ese año dejar las cosas como estaban. Me dijeron —o sea que soy testigo de oídas— que uno de los cuatro presidentes que tuvimos desde 1985 hasta hoy, en los diez años alternados en que ejerció el cargo jamás tocó la hora porque entendía que no servía para otra cosa que para crearle problemas a la gente. A mi entender ratificaría así su condición de hombre sensato. El ahorro energético que se consigue —este año fue la causa invocada, otros años fue copiar a Argentina y a Brasil, entonces el decreto un año sale indistintamente por Industrias o por Turismo— es mínimo. Se dice que con este adelanto se alargan los días y así se favorece al turista. Mentira por varios lados: los días no se alargan, se alargan las tardes a costa de la reducción de la luz solar en las mañanas que son lo más agradable que tiene la temporada estival. En cuanto al turismo, en su mayoría argentino, le hacen vivir a una hora diferente de la que vive su país, y le complican las comunicaciones. Y si de proteger al turismo se tratara, habría que darle un empuje de abajo hacia arriba al dólar, porque al precio que este se vende, los alaridos de dolor de los turistas argentinos se van a sentir hasta en Marte. En contrapartida, en el Interior, los problemas son múltiples. A la hora de recolección de la leche ya soportó una carga de sol importante corriéndose el riesgo que se pudra. Al ser las mañanas más cortas, los bancos y oficinas públicas atienden menos tiempo. Y en general se alteran los relojes biológicos de todos nosotros, lo cual a unos les importará menos que a otros, pero quien se despierta solo a una hora determinada, y es mi caso, tiene que salir a la disparada porque resulta que es una hora más tarde.
Las tardes de sol veraniegas son interminables. Justo en tiempos en que el asolearse hace tanto o más daño que fumar, vamos entonces a darle a la gente más sol para que se carbonice en la playa. Vaya ejemplo de coherencia.
La Nochebuena —única fiesta que en lo personal me importa porque el fin de año, los Reyes y todo enero me resultan una tortura— arranca con luz solar, y así empieza a circular el alcohol, las parrillas a transmitir el humo y el vaho de la grasa de esa carne tan liviana que tradicionalmente se digiere —es un decir— en el momento más álgido del verano, como los corderos, borregas, capones y chanchos, y abundan alimentos de invierno, como los turrones, las frutas secas, las tortas, en fin, lo de siempre, que si se empezara con ello una hora después, cuando cae la noche, por lo menos se acortaría la orgía y deberían caernos mejor.
Insisto, ahora ya está hecho. Y como el decreto lo firmó Tabaré, nadie dijo una palabra. La realidad indica que hasta marzo, viviremos a contrapelo de la región y aunque me salga en verso, al santo botón.
El año próximo no nos van a encontrar dormidos.